PAJAROS NOCTURNOS
BLOG LITERARIO
sábado, 14 de mayo de 2011
sábado, 19 de marzo de 2011
martes, 27 de julio de 2010
LOS VIERNES DE ABEL

LOS VIERNES DE ABEL
NORMA M. GUERRA
2° MENCION CONCURSO DE CUENTO
“ OLAVARRÍA CUENTA UN CUENTO”- 2009
Hoy soñé con Larsen. Lo vi caminando por el corredor con piso de ladrillos y paredes cuarteadas por la humedad. Iba rumbo a la sala donde cada mañana lo esperaba para departir. Entraba enfundado en su sobretodo gris oscuro, y yo me quedaba viéndolo en silencio, invadido por cierto temor. ¿Cuántos años han pasado? Es probable que muchos, pero aún lo tengo presente. Todavía puedo verlo parado frente a mí, hablándome como si me conociera de toda la vida. “Cuénteme Stinnerman”, dijo, y entonces yo, por primera vez, pude revelarle a alguien mi historia, que no es otra que la que pretendo referirles.
No sé con seguridad cuándo dejé de ser la persona que fui, es extraño, pero no lo recuerdo. Tal vez fue un viernes, quién sabe... Pocas veces me siento con ánimo suficiente como para seguir buscándome, porque me pasa eso, que estoy perdido dentro de mí. Cuando el resplandor desaparece, me invade una pequeña esperanza que me tranquiliza. Hoy, por ejemplo, es uno de esos días claros en que puedo desahogarme platicándoles. Ustedes no me conocen, yo soy Abel Stinnerman, tengo 35 años, y recorro desde hace mucho un calvario, un camino con espinas, un túnel infinito. He soportado hasta más allá de la resistencia. Más de una vez me he preguntado por qué estoy en el medio de dos vidas y no puedo vivir ninguna. Resulta paradójico llamarme Abel, no me gusta, no me cuadra. De hecho ustedes deben saber que no soy bueno. Yo quedé afuera de todos los cielos, paraísos o edenes. Tal vez lo merecía, aunque algo dentro de mí me dice que encontraré la manera de regresar. Entenderán que mi vida no ha sido grata. En las escasas ocasiones en que me asalta esta suerte de verborrea me gusta retroceder en el tiempo. Quedan pocos recuerdos lindos, son difusos, pero los disfruto porque son placenteros. Si supieran cómo me alegran, cómo los aprovecho, cómo desearía que se queden en mí borrando para siempre esta catarata de sucesos sombríos que tanto me mortifican y ofendieron a mi madre. Sé que para ella no fue fácil soportar tal infortunio. Reconozco que hizo lo que pudo, lo que creyó mejor. Nadie hubiese podido predecir que aquel muchacho prometedor se convertiría en esto que soy.
Sé muy bien el desengaño que ocasioné, y créanme que lo lamento. Destruí el paradigma de la familia ideal. Soy un estigma. Soy el que tuvo la desdicha de mostrarle a los que nos conocen, que no todo en la vida de mi madre fue perfecto. Al principio se la veía sorprendida, hasta diría sin esperanza. Trató de indagar; alguien que no fuera ella debía tener un gen podrido. ¿Y qué encontró?...nada. Eso le disgustó, y decidió aislarme de todos; no tenían que verme. Decía: ¡Es para protegerte Abel!. Yo lo único que hacía era rezar, rezar, rezar. ¿Y saben qué?... fue en esa época cuando empecé a buscarme, porque sé que sólo estoy perdido dentro de mí. No puedo apartarme de esas frases suyas. Son como sentencias. Yo era Abel el prodigio. Abel, el mejor. Abel, el más calificado. Estaba convencida, pero Dios castiga la vanidad. Después fracasé y conmigo ella. Faltó un paso y luego llegó su desconsuelo. Me convertí en su maldición, su mal sueño, su boca agria para siempre. Ese día dejé de ser el que fui. No sé por qué se me figura viernes, viernes aciago. Fue esa vez cuando apareció este resplandor que me aterra y que muy de vez en cuando, me da un respiro y un poco de tranquilidad como para poder conversar. Me alivia hablarles. Quiero que sepan que en más de una oportunidad le oí gritar que yo era un loco de mierda que solo servía para complicarle la vida. Loco de mierda... Saben qué era lo que más me dolía: que todos me hubieran olvidado.
A pesar de todo, agradezco a mi madre por haberme iniciado en un oficio ancestral que me fue de gran ayuda. Era una actividad entretenida, porque mientras trenzaba con esmero aquellas cuerdas, me quedaba mucho tiempo para pensar y rezar. Supe ser un buen artesano, tan bueno que Larsen, conocedor del tema, me felicitó entusiasmado. A partir de aquel día en que hablamos, Larsen y yo fuimos inseparables, y mi apego hacia él precipitó aún más el rencor de mi madre hacia mí. Él solía decirme: “tiempo al tiempo Stinnerman, usted no está solo”. De algún modo Larsen llegó para atenuar mis infortunios. Tenía la virtud de escucharme y de hablar lo justo, lo que yo necesitaba oír. Por mucho tiempo fue mi único amigo. Siempre me llamó Stinnerman a secas, cosa que me alegraba, porque yo odio mi nombre.
Alto, flaco, casi descarnado, la cara cetrina y huesuda no desentonaba con sus ojos negros carentes de toda expresión. Era repulsivo, sin escrúpulos, un ser abominable capaz de decir con serenidad las cosas más terribles que puedan imaginar. Sin embargo yo confiaba en él porque su historia no difería en mucho de la mía, al menos en lo familiar. Larsen se convirtió poco a poco en mi sombra, fue mi abogado y mi juez y controlaba mi vida de tal forma que yo era sólo una pertenencia suya. Le permití que se involucrara en mis asuntos y no hice nada por evitar lo que llegó después. Estaba cerca de mí para satisfacer su odio. Como si fuera hoy recuerdo aquel Viernes Santo. Desperté de golpe, sobresaltado, y frente a mí, el cadáver de mi madre. La soga que yo había terminado de trenzar la noche anterior estaba enroscada en su cuello. No lloré, no tuve ningún sentimiento de dolor. Lo único que pude hacer fue dar vueltas sin parar alrededor de esa persona muerta que era mi madre. Desde ese día fatídico Larsen escapó de mi lado. Mis días sin él pasan en soledad, en reclusión, rumiando recuerdos y rezando. Mi única distracción llega los viernes, día de visitas, el enfermero me avisa con voz potente: ¡Stinnerman, salga! Entonces yo me calzo el sobretodo gris oscuro, camino lento por el corredor con piso de ladrillos y paredes cuarteadas por la humedad y entro en esa sala perfumada con hedores nauseabundos, con incontables desquiciados y exiguos visitantes cuerdos que invariablemente, se quedan mirando con repulsión mi cara cetrina y huesuda. Sé que me temen, entonces yo les correspondo mirándolos de soslayo con mis ojos negros carentes de toda expresión, como si fuera el mismísimo Larsen.
MARCOS ANA (FERNANDO MACARRO) POETA-PRISIONERO DEL FRANQUISMO DURANTE 23 AÑOS.

MARCOS ANA
Fernando Macarro procede de una familia muy humilde y profundamente católica. Con quince años se afilió a las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) y abandonó la religión. En julio de 1936 marchó al frente, pero le devolvieron a casa por ser menor de edad. Se incorporó finalmente en 1938 llegando a ser comisario político del partido comunista. Al acabar la guerra fue encarcelado y torturado. Se le juzgó en dos ocasiones y las dos salió con condena de muerte. Cumplió casi 23 años de prisión. En la cárcel comenzó a escribir poemas firmando como Marcos Ana. Fue indultado en 1961. Ya libre, marchó a Francia y se dedicó a viajar por todo el mundo convertido en un símbolo de la solidaridad internacional y de la lucha antifranquista.
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Marcos Ana
Fernando Macarro procede de una familia muy humilde y profundamente católica. Con quince años se afilió a las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) y abandonó la religión. En julio de 1936 marchó al frente, pero le devolvieron a casa por ser menor de edad. Se incorporó finalmente en 1938 llegando a ser comisario político del partido comunista. Al acabar la guerra fue encarcelado y torturado. Se le juzgó en dos ocasiones y las dos salió con condena de muerte. Cumplió casi 23 años de prisión. En la cárcel comenzó a escribir poemas firmando como Marcos Ana. Fue indultado en 1961. Ya libre, marchó a Francia y se dedicó a viajar por todo el mundo convertido en un símbolo de la solidaridad internacional y de la lucha antifranquista.
Tengo la friolera de 82 años, aunque, como digo siempre, esos son años de edad. De vida tengo 59, que son los que quedan al restar los 23 que pasé en la cárcel. Entré con 19 años en mayo del año 1939 y salí en el año 1962 con 42. Soy la persona que más tiempo seguido ha pasado en las cárceles franquistas.
Yo procedo de una familia muy humilde. Mis padres eran campesinos sin tierra y analfabetos. Cuando tenía seis años, nos trasladamos a Madrid y nos afincamos en Alcalá de Henares. Allí viví mi adolescencia y mi juventud hasta que comenzó la guerra. No pude ir al colegio, ya que mi familia no tenía recursos y enseguida me tuve que poner a trabajar. O sea, que yo estudié prácticamente las cuatro reglas, como se decía entonces. Mis padres no pertenecían a ningún partido. Eran profundamente católicos. Eran tan sumisos que cuando pasaba el amo hacían la señal de la cruz, como si se tratara de un representante de Dios en la tierra. Por ese motivo yo en mi infancia era católico y, en mi adolescencia, más de una vez me sangraron las rodillas de hacer penitencia en las iglesias. Un día, sería el año 35, con quince años, asistí con un grupo de jóvenes católicos a un mitin de las Juventudes Socialistas en Alcalá para repartir nuestra propaganda. Me quedé escuchando lo que decía el orador y me di cuenta de que aquel hombre estaba hablando de mí, de mi casa y de mis problemas. Me empecé a interesar por lo que aquella gente decía. Pasé por un proceso de transición muy difícil. En esta época, a lo mejor durante el día estaba vendiendo los periódicos de las Juventudes Socialistas pero después no me acostaba sin hacer mis oraciones. Acabé afiliándome y, durante la guerra, me pasé al Partido Comunista. Todavía continúo defendiendo las mismas ideas. Hemos cometido muchos errores, sin embargo mi corazón sigue en el mismo sitio.
Al empezar la guerra, la JSU formamos un batallón al que llamamos batallón Libertad. Yo, con 16 años, era la mascota. Fuimos a la zona de Peguerinos, en la sierra de Madrid. A los pocos meses el ejército se regularizó, y a los menores nos enviaron a casa. Entonces me dediqué al trabajo político en Alcalá. Fui secretario general de esa comarca hasta el año 38. Ese año, los jóvenes tuvimos la idea de movilizar a los menores de edad. Organizamos dos divisiones de lo que se llamó Voluntarios de la Juventud. De vez en cuando aparecía el padre de algún chico y se lo llevaba de allí a caponazos. Era increíble, ¡chicos de 15 y 16 años movilizados! Cuando cumplí los 18 años me incorporé al ejército. Fui comisario político en una unidad. Después fui instructor de la juventud en el Ejército del centro hasta el final de la guerra. Se corrió la voz de que quienes tuviéramos responsabilidades políticas debíamos concentrarnos en el puerto de Alicante, porque nos iban a sacar de España. Nos concentramos a miles, pero nuestros barcos nunca llegaron. Los que llegaron fueron los de Franco. Y la División Littorio, que llegó por tierra. Nos atraparon a todos. Me llevaron al campo de prisioneros de los Almendros y, a los pocos días, me trasladaron al de Albatera, de donde me escapé, lo que resultó relativamente fácil ya que había muchísima gente. Conseguí llegar a Madrid y me escondí en casa de un amigo. A los pocos días un confidente me entregó a la policía. Me cogieron por ingenuo y por impaciente. En pleno año 39 estaba tratando de organizar la resistencia, contactando con los amigos. Uno de los que llamé se había hecho confidente y me denunció.
Me llevaron a la cárcel de Porlier, un antiguo colegio. Muchas veces me paseo por ahí y veo un espectáculo que me recuerda a nuestra época. Las madres van a buscar a sus hijos y eso me recuerda a cuando nuestras familias iban a recoger nuestros paquetes o a llevarnos los suyos. También iban a buscar los cuerpos de los que habían sido fusilados. Muchas veces las madres llegaban con el paquete y se tenían que volver. «No, señora, su hijo ha sido fusilado». Yo estaba condenado a muerte, lo habitual en esos días. Hasta tal punto, que cuando la gente iba al consejo de guerra al volver estábamos todos esperándoles para saber que condena traían. A lo mejor venían con los ojos llenos de lágrimas: «¡Treinta años! ¡Treinta años!». Y te abrazaban, porque traer treinta años de condena era una suerte, era evitar el fusilamiento.
Desde el principio empezamos a montar una organización clandestina en la prisión. Una organización muy cerrada y muy opaca. Cada miembro conocía sólo a dos compañeros, el que te pasaba las cosas y al que tú se las pasabas. En el año 43 creamos un periódico al que llamamos 'Juventud', destinado a mantener el ánimo de los presos y a mantenerlos informados. Estaba primorosamente hecho, incluso llevaba dibujos. Un día sorprendieron a un chico leyéndolo. El chico confesó y yo entonces decidí entregarme para evitar que cayera más gente. Estuve casi un mes en la Dirección General de Seguridad, donde me torturaron cruelmente. Me machacaron vivo, pero no delaté a nadie. La tortura es una pelea extremadamente difícil. Llega un momento en que temes por tu razón. El problema es que mientras tú estás bien, aunque te machaquen, si tienes moral, lo soportas. Lo malo es que pasa el tiempo y empiezas a temer, Por qué dices: «¿Pero hasta dónde voy a controlar mi cabeza?» Mi fortaleza era imaginarme mi vuelta a prisión. A mí, en la prisión, todo el mundo me quería. Me llamaban el chaval porque era de los más jóvenes, y todos me conocían. Yo pensaba: «Si vuelvo sin haber entregado nada, después de haber salvado la situación y habiendo resistido, ¡joé!, la gente me va a comer a abrazos. Pero ¿y si vuelvo después de haber hablado? No me voy a atrever a mirar a nadie a la cara, seré como un pelele, siempre solo en un rincón del patio» Eso era lo que me daba fuerza. Después de estas torturas, me condenaron por segunda vez a muerte. Cuando las penas de muerte se conmutaron por treinta años, a mí me cayeron sesenta.
Un día, cuando me encontraba en la Dirección General de Seguridad tirado en la celda, lleno de sangre y hecho un guiñapo, de repente sentí que me lanzaban un papel por el ventanuco. A rastras, como pude, cogí el papel. Era un retrato de Lenin, que alguien había arrancado de algún libro. Nunca supe quién me lo mandó. Lo cierto es que, para mí, desde ese momento, fue como si yo ya no estuviera solo. Como si alguien estuviera vigilando y controlando mi situación y mi comportamiento. Tenía el retrato enterrado bajo la arenilla del suelo de mi celda. Cuando bajaba, lo desenterraba y hablaba con él: «Mira, camarada, cómo me han puesto, pero no temas, que yo tendré fuerza suficiente para defender al partido». Un día, estando en el calabozo, oí unos gemidos y me asomé por el ventanuco de mi puerta. Vi que traían en brazos a un preso al que habían torturado. Me di cuenta de que aquel hombre estaba entregado. Que ya había confesado algo y que estaba vencido. Yo, que era todavía un niño, tenía 21 o 22 años, desenterré el retrato de Lenin y le dije: «Tú sabes que por nada del mundo me desprendería de ti, pero te necesitan en la celda número 27». Cuando me sacaron al servicio, pasé delante de su celda y le tiré la foto. Parecerá un milagro, pero al día siguiente, cuando oí que venía este preso, me asomé y observé que venía andando por su pie y en su mirada había una luz tensa y distinta a la del día anterior. Aquel hombre se había rehecho. Recibir la fotografía lo resucitó. Años después, en la cárcel de Ocaña, oí a un hombre contar la historia. Entonces me di a conocer. «¡Yo soy el que te pasé la foto!» Me confirmó que ya había denunciado a alguien y que, cuando se encontró con el retrato, se golpeaba contra la pared, desesperado. Muchos años después, en Moscú, visitando el museo de Lenin, Yeltsin me enseñó el papel en el que yo escribí esta historia junto a la famosa fotografía de Lenin con un pionero en la Plaza Roja. Se lo enseñaban a todos los españoles.
En la prisión, en un primer momento, lo único importante era sobrevivir, hasta el punto de que en Porlier, al poco tiempo de entrar, no quedaba ni un hierbajo en el suelo. Las hierbas del patio las cogíamos, las metíamos en agua a hervir y nos las comíamos como podíamos. Muchas mañanas te encontrabas con que, no sólo faltaban los compañeros que habían fusilado, sino que también muchos aparecían muertos a tu lado, de hambre o de frío. La situación cambió coincidiendo con el fin de la Guerra Mundial. Nuestras familias se habían rehecho y nos podían ayudar. Europa pudo volver sus ojos a España y se empezaron a organizar comités de amnistía, socorro popular... Y comenzó a llegar algo de esta solidaridad, que nos ayudó a sobrevivir.
En esa época empezamos a estar más tranquilos y más alimentados y gracias a eso empezamos a organizarnos mejor. Éramos como un estado dentro de otro estado. Montamos clases clandestinas. Teníamos cientos de libros escondidos. Era muy fácil introducir libros en la cárcel. Lo difícil era mantenerlos ocultos. Lo que hacíamos era coger de entre los libros de la biblioteca de la cárcel, casi todos religiosos, el libro más parecido al que queríamos camuflar. Desencuadernábamos los dos libros, cogíamos las tapas del libro legal con las cien primeras páginas, que era donde aparecían el sello de la cárcel y las firmas del director y del capellán e íbamos intercalando cien páginas de nuestro libro y cien del otro y así sucesivamente. Como teníamos buenos artesanos, componíamos de nuevo el libro que, por fuera, era La historia de Santa Genoveva y, por dentro, El capital. Teníamos de todo, y todo clandestino. Había una escuela de pintura e incluso organicé una tertulia literaria en los últimos tiempos. También hacíamos una revista, que sacábamos de la cárcel y que se reproducía y se difundía fuera.
La cárcel fue mi universidad. Conocí a mucha gente. Coincidí con Buero Vallejo y con Miguel Hernández entre otros muchos. Miguel Hernández era una persona entrañable, murió de franquismo en la prisión de Alicante en el año 42. Unos años después le hicimos uno de nuestros homenajes: Esperábamos a la noche, a que cerraran las galerías. Entonces montábamos un pequeño escenario con mantas y sábanas. En las ventanas algunos presos se dedicaban de la vigilancia y así, en el silencio terrible de la cárcel, hacíamos los homenajes. El de Miguel Hernández lo titulamos Sino sangriento, que es el nombre de uno de sus versos. Tenía tres actos, con los nombres de tres de sus libros: El rayo que no cesa, Vientos del pueblo, que trata de la guerra y Cancionero y romancero de ausencias, que era el de la cárcel. Unos narradores relataban los hechos y una pequeña banda de música se colocaba detrás del escenario con sus instrumentos realizados con los palos de las escobas y con cosas así. Era muy ingenioso: se cortaba un trozo de escoba de caña. Unas gomas sujetaban un papel de fumar en cada punta y se le abrían unos orificios. Sólo con eso salía una música preciosa, que era como un zumbido, pero muy bonito. Una cosa tremenda. Esa bandita, compuesta por cuatro o cinco personas, iba poniendo música a determinados pasajes. Cuando los locutores contaban la parte de la guerra de España y de los soviéticos se oía La Internacional. Con los franceses y André Martí... se oía La Marsellesa. Los mexicanos con Siqueiros y tal... Se oía La Cucaracha. Todo a media voz. Se titulaba Homenaje a voz ahogada a Miguel Hernández. Fue algo impresionante, en medio del silencio de la prisión. De vez en cuando, oías el «alerta» de los centinelas desde las garitas. Toda la noche: «¡Alerta el uno!, ¡Alerta el dos!, ¡Alerta el tres!» Eso se hacía para que el cabo de guardia supiera que no se había dormido ninguno de los centinelas. Hicimos otros homenajes a Rafael Alberti y Neruda. Creo que jamás se podrá concebir un homenaje más emocionante que éste.
Ésta fue mi escuela y la de mucha gente, y así pasé los años de prisión. Hoy miro aquello casi con nostalgia, «¡Joder, aquélla fue una de las épocas más hermosas de mi vida!» Sabías que el futuro te pertenecía, aunque estuvieras sufriendo y te pudieran llenar la cabeza de plomo, aunque te tocara caer, pero nos parecía que el futuro era nuestro. Se vivía con esperanza. El talón de Aquiles del preso era la familia. Si veías a alguno triste, preocupado, andando solo por el patio, es que su familia tenía algún problema.
Empecé a escribir en la década de los cincuenta. Todo empezó porque me sacaron de la galería y me llevaron castigado a celdas. Allí estaba aislado. Los funcionarios te sacaban el petate por la mañana y no te lo devolvían hasta la noche para que fuera imposible tumbarse durante el día. Entonces los compañeros, los destinos, que eran quienes barrían y hacían la limpieza, se encargaban de introducir comida o lo que fuera en el petate antes de devolvértelo. Una de las veces me metieron unas hojas arrancadas de libros de Rafael Alberti y de Neruda. Las manoseaban antes para que el sonido del papel dentro del colchón fuera imperceptible, porque los guardias a veces lo inspeccionaban para ver si notaban algo raro. Releí aquellas hojas más de mil veces, y eso me creó un clima un poco particular, que hizo que empezara a escribir con un pequeño lapicero que me habían pasado. Cuando salí de celdas me animaron a continuar diciéndome que lo que había escrito estaba muy bien. Lo sacamos al exterior, como el náufrago que lanza un mensaje al mar en una botella sin saber si va a llegar a algún destino. No le di más importancia. Tiempo después, llegó un paquete de México, en el que nos mandaban revistas y otras cosas que nuestras familias nos pasaban clandestinamente. Entre todas esas cosas, venía un librito mío, con ocho o diez poemas. Aquello me hizo pensar que esta era una forma más de ayudar a que la gente comprendiera nuestra situación. Entonces pensé que debía adoptar un nombre para firmar mis cosas. Pensando en mis padres me puse Marcos Ana. A mi padre lo habían matado en la guerra y mi madre murió, la pobre, cuando me condenaron por segunda vez a muerte. Anduvo deambulando por la puerta del penal de Burgos intentando verme. No lo consiguió. La encontraron muerta en una zanja. Poco a poco empecé a contactar con los poetas en el exilio. María Teresa León y Rafael Alberti, se valieron de que Paco Rabal pasaba por Buenos Aires y le dieron una pequeña nota, que me pasaron dentro de un tubo de pasta, que decía: «Cuéntanos algo de tu vida». Entonces les compuse un pequeño poema:
Mi vida
os la puedo contar en dos palabras:
Un patio
y un trocito de cielo donde a veces pasan
una nube perdida y algún pájaro
huyendo de sus alas.
A partir de aquel poema, que titulé Mi corazón es patio, empecé a ser conocido fuera de las cárceles. En el extranjero la campaña en mi defensa fue muy fuerte. Entonces el Gobierno promulgó un decreto, según el cual las personas que llevaran más de veinte años ininterrumpidos en prisión serían excarceladas. Fue una cosa insólita, ya que fui el único al que le afectó. Normalmente, nadie estaba en prisión más de veinte años o, como mínimo, se entraba y se salía cumpliendo la condena en dos o tres veces. Pero yo estaba condenado a sesenta años y fui el único que salí de la cárcel gracias a ese decreto.
Cuando conseguí la libertad a finales de 1961, salí en los periódicos de todo el mundo. Fraga, que entonces estaba en el Ministerio de Información y Turismo, reaccionó con un folleto que se titulaba: Marcos Ana, asesino, en el que me atribuían todo lo que había pasado en Alcalá de Henares durante la guerra. Si eso hubiera sido cierto, me hubieran fusilado muchos años atrás. De todas maneras, sólo puedo agradecérselo, porque eso me dio todavía más publicidad.
Sabía que el aparato clandestino francés iba a venir a buscarme. Estuve unos días en Madrid, en casa de mi hermano, hasta que vino a buscarme un matrimonio francés. Querían que me aprendiese de memoria mi nombre en francés, pero yo ni me aprendía mi nombre ni nada. Entonces, la mujer me puso una bufanda, me tapó un poco y salimos. El coche era de una marca importante y el hombre iba ataviado con gorra y uniforme de chofer. La mujer se sentó detrás conmigo y, cuando llegamos a Irún, le dijo al guardia: «Por favor, dése prisa porque mi marido está enfermo». Y así, con pasaporte falso, pasamos la aduana. Cuando llegué, lo primero que hice fue organizar el Centro de Información y Solidaridad con España (CISE) presidido por Picasso, pero dirigido por mí. Había muchísima gente: Yves Montand, Piccoli, Jean
Paul Sartre, Jean Cassou... Desde allí empecé a organizar las campañas de solidaridad internacional. He viajado por casi todo el mundo. Mi vida ha sido muy intensa y apasionante. Me ocurrieron cosas muy graciosas. Siempre he parecido mucho más joven de lo que soy. Salí de la cárcel con 41 años, pero sin embargo parecía que tenía veintitantos. En una ocasión, había ido a Inglaterra para pronunciar una conferencia en el parlamento. Me acompañaba un intérprete, que era un ex brigadista, profesor de español que tenía lesiones de guerra y estaba cojo, e iba con un bastón. Tendría 45 años, pero estaba muy envejecido. Cuando nos hicieron pasar, yo, como siempre he sido nervioso, entré deprisa, subiendo la escalera a gran velocidad. Me extraño que nadie se moviera cuando aparecí en el escenario. Cuando, unos segundos después, entró el intérprete con su bastón, cojeando, todo el mundo se puso en pie, aplaudiendo. Para un inglés era inconcebible que yo, que parecía un jugador de rugby, hubiera estado 23 años en la cárcel, torturado y condenado a muerte, tenía que ser el otro, que iba con su bastoncito.
Estas conferencias nos permitieron dar a conocer nuestra lucha. Solían preguntarme qué había sido lo más difícil. Lo más difícil para mí, después de tantos años de prisión, fue la libertad. Yo en la cárcel sabía vivir. Era como un pedazo más de aquellas piedras. Lo difícil fue salir a los 41 años, después de 23 encarcelado. Fue como si me hubieran abandonado en un planeta extraño. Para mí fue una cosa tremenda: la adaptación a la vida, a la libertad... Fue lo más difícil. Al principio, vomitaba los alimentos, no podía subir a los vehículos, incluso los ojos se me enrojecieron, puesto que el nervio óptico, en la prisión, se va retrayendo. Como se tienen paredes o muros delante en todo momento, se acostumbra a enfocar siempre cerca, y va perdiendo facultades. Si estaba en una habitación o en una calle donde hubiera edificios altos, la vista se protegía y estaba tranquilo. Pero cuando salía al campo me mareaba, como si me hubieran puesto unas gafas que no eran mías. Fue un tiempo difícil, porque no conocía y no entendía muchas cosas del mundo al que había salido. Tenía conciencia de que era un ser adulto, pero, al mismo tiempo, tenía la candidez y la inexperiencia de un adolescente. Por ejemplo, nunca había estado con una mujer. Cuando salí en libertad, uno de mis amigos vio que me quedaba atontado mirando a las mujeres por la calle. Salimos una noche juntos a un cabaret y él pensó que lo que más ilusión me haría sería irme con una mujer. De modo que cogió a una chica, le dio mil pesetas y le dijo: «Toma, para que te vayas con mi amigo». Cuando me quedé a solas con esa chica, yo quería que me tragara la tierra, porque no sabía cómo comportarme. Ella se creía que estaba borracho y cuando intentó devolverme el dinero, tartamudeando, le conté lo que me sucedía. Que había pasado 23 años en la cárcel, no conocía a ninguna mujer y ésa era mi primera experiencia sexual. Ella me dijo: «Mira, yo voy a perder contigo unos cuantos miles de pesetas». Dimos un paseo. Luego me llevó a cenar a la Torre de Madrid. Lloró conmigo cuando le contaba las cosas de la prisión. Recuerdo que me besaba las manos llorando. Le hablaba de un mundo que ella desconocía. Luego fuimos al hotel. A pesar de mi timidez y de todas mis inhibiciones, esa mujer consiguió con una ternura y una humanidad extraordinarias que yo hiciese el amor por primera vez.
Me despertó por la mañana. Había traído chocolate con churros. Me marché a casa con un nudo en la garganta, sabiendo que esa noche no tendría dinero para volver con ella. Al llegar, descubrí en mi bolsillo las mil pesetas y una nota que decía: «Para que vuelvas esta noche». Estuve todo el día haciendo tiempo, deseando que llegaran las ocho o las nueve de la noche para poder ver de nuevo a esa mujer. Pero, poco a poco, me fue asaltando la idea de que si la veía se iba a romper el encanto de la noche anterior. Esas mil pesetas las había ganado ella, y, si iba a verla con ese dinero, yo iba a tratarla como una prostituta, es decir, que yo iba a prostituirla más. Decidí no ir, pero continuamente sentía la necesidad de volverla a ver. Me decía: «Qué importa. Ella conoce todas las noches a cuatro o cinco o diez hombres. ¡Qué le importará a ella!» Mientras deambulaba, pasé por delante de una floristería y, sin pensarlo demasiado le dije a la mujer: «Mil pesetas de flores». Hicimos un ramo enorme, y lo dejé en el hotel con una tarjeta con su nombre, Isabel Peñalva. No la olvidaré nunca.
En el CISE, en París, estuve hasta que murió Franco. Bueno, en realidad no volví hasta finales del 76, porque yo fui de los últimos a los que proporcionaron el pasaporte. Cuando volví a España, me tuve que ir inmediatamente a Burgos, a encabezar la lista de diputados comunistas en esta provincia, como símbolo de los miles de demócratas que habían dejado su vida en el penal de esta ciudad. No salí elegido, ya que Burgos era muy difícil. Luego, el partido me puso al frente del departamento de Solidaridad Internacional. Se decía: Ayer por España; hoy España por los pueblos. Yo me sentía un hijo de la solidaridad y quería devolver la solidaridad que a mí me habían prestado en la cárcel y en el exilio.
Al comienzo de la guerra, es justo reconocer que en los dos bandos se cometieron actos descontrolados. Cuando las pasiones están desatadas, es comprensible que puedan ocurrir algunas cosas. Es cierto que se quemaron iglesias y que la gente estaba descontrolada. Sin embargo, a partir del año 37, la cosa se controló y esos actos no se produjeron más. Esto no tiene comparación con lo que pasó en el otro bando. Esta gente ganó la guerra y durante cuarenta años mantuvo un ideario gubernamental cuyo objetivo fue exterminar al enemigo. Lo que hicieran durante la guerra es justificable, pero después se dedicaron a arrancar hasta las raíces del enemigo. Hubo miles de fusilados. Un exterminio total.
lunes, 26 de julio de 2010
SENSATEZ DEL CIRCULO-ANGELICA GOROSDISCHER
BIOGRAFIA
Angélica Gorodischer nació en Buenos Aires, pero desde su infancia reside en Rosario.Ha publicado: Cuentos con soldados (Ed. Club del Orden de Santa Fe, cuyo premio obtuvo; 1965), Opus Dos (Minotauro, 1968); Las Pelucas (Sudamericana, 1969); Bajo las jubeas en Flor (Ediciones de la Flor, 1973); Casta luna electrónica (Andréomeda, 1977); Trafalgar (El Cid Editor, 1979); Mala Noche y Parir hembra (La Campana, 1983); Kalpa Imperial (Minotauro, 1983), Floreros de alabastro, alfombras de Bokhara (Emecé, 1985); Jugo de Mango (Emecé, 1988); Las Repúblicas (Ed. de la Flor, 1991); Fábula de la virgen y el bombero (Ediciones de la Flor, 1993); Técnicas de supervivencia (Ed. Municipal Rosario, 1994), La noche del inocente (Emecé, 1996).
Varios de estos títulos fueron reeditados con posterioridad a las fechas que se indican de sus primeras ediciones por otros sellos en la Argentina y en España.
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SENSATEZ DEL CIRCULO
Angélica Gorodischer
Encore n' y, a il cliemin qui n'aye son issue.
Montaigne

¿Han visto esas casas del boulevard Otoño, sobre todo las que miran al este, esas casas secas, frías, serias, pesadas con rejas pero sin jardines, con a lo sumo un patio embaldosado como la vereda? En una de esas casas vive Ciro Vázquez Leiva, Cirito. Excelente tipo, un poco cansino, pasablemente rico, casado con una mujer abrumadora y exasperante, Fina Ereñú. Cada vez que Fina se va a Salta a ver a la hija y a los nietos, y por suerte se va lo suficiente a menudo como para que él no enmudezca del todo, Cirito deja de ir a la noche al jockey y ahí es cuando algunos amigos de esos que interpretan correctamente las señales, van a la casa fría y seca y juegan al póker en el comedor, Reuniones exclusivamente masculinas y hasta un poco solemnes en las que se toma whisky con moderación y uno que otro café o litros de café si está Trafalgar Medrano como el jueves pasado.
No es que yo haya estado allí porque como les digo las mujeres sobran, pero Goro suele encontrarse en lo de Raúl con el Payo Gamen que sí estaba. Cirito tiene una suerte infernal. Por lo menos eso es lo que dicen los amigos que no quieren reconocer que lo que pasa es que obligado por las circunstancias ha desarrollado un infinito sentido de la oportunidad y una habilidad infinita para distorsionar la verdad lo necesario, apenas lo necesario. Y esa noche a pesar de que juegan con tanta moderación como toman whisky, ganó montones de plata. Sobre todo a costa de Payo y del doctor Flynn, el médico, no el abogado. Trafalgar Medrano que es más circunspecto, salió mano a mano. Después de una revancha catastrófica el Payo dijo basta y Flynn dijo sos un animal Cirito, y Trafalgar Medrano dijo ¿no hay más café? Había. Los otros se sirvieron whisky y Cirito acomodaba las cartas. El Payo dijo que al día siguiente él iba a llevar un naipe nuevo y alguien propuso que fuera español a ver si al truco Cirito seguía arrasando con todo.
- Traé el naipe que quieras - dijo Cirito que estaba contento -, español o chino o lo que sea.
- Los naipes son chinos - dijo el Payo.
- Puede ser - dijo Flynn que es culto -, pero fueron los árabes los que los trajeron a occidente. Viterbo dice que a fines del siglo XIV los árabes los llevaron a España y que se llamaban naib.
- Y ese Viterbo quién es - preguntó el Payo.
- Y que - siguió Flynn - los oros son la burguesía, las copas el clero, las espadas el ejército y los bastos el pueblo.
- Como siempre y como en todas partes - dijo Cirito.
- Conocí a unos tipos que eran todos todo eso y nada al mismo tiempo - dijo Trafalgar.
- Sé - dijo el Payo -, ¿y entonces quién hacía las revoluciones, eh?
- No había - dijo Trafalgar -. Ni revoluciones ni nada.
- Contá - dijo Cirito.
Observación retórica porque a Trafalgar, cuando empieza a contar algo así despacito y como quien no quiere la cosa, no hay quien lo pare.
- ¿Alguno de ustedes estuvo en Anandaha-A?
Nunca nadie como era de esperar. No es fácil andar por los lugares por los que anda él.
- Es horrible - dijo -. El mundo más horrible que se puedan imaginar. Cuando es de día parece que es de noche y cuando es de noche uno prende la luz más potente que tiene y apenas si alcanza a verse las manos porque la oscuridad se lo traga todo. No hay árboles, no hay plantas, no hay animales, no hay ciudades, no hay nada. El terreno es ondulado, con montañitas chatas. El aire es pegajoso; hay algunos ríos finitos y haraganes y la poca gente que vive allí, y a primera vista uno duda de que se le pueda llamar gente, saca unas hojas grises o unos gusanos, no sé, del fondo de los ríos, los machaca entre los dedos, los mezcla con agua y se los come. Un asco. El suelo es frío y húmedo, como de barro apisonado. Nunca hay viento, nunca llueve, nunca hace frío, nunca hace calor. Un sol color borravino hace siempre el mismo recorrido en el mismo cielo sucio sin que a nadie le importe, y no hay lunas.
- Te habrás divertido una barbaridad - dijo el Pavo Gamen.
- Bastante - confesó Trafalgar -. Hace un par de años yo había ganado un vagón de guita vendiendo bombitas de luz en Prattolva donde acaban de descubrir la electricidad y como algo sabía del sol inútil de Anandaha-A, se me ocurrió que podría ganar otro vagón vendiéndoles lámparas, linternas, esas cosas que se comieran la oscuridad. Pero claro que lo que yo no sabía era que los tipos ésos no tenían intención de comprar nada pero nada. Fui a Prattolva con otra carga y al volver bajé en Anandaha-A cerca de lo que parecía una ciudad chica y que no era una ciudad ni chica ni grande sino un campamento pero algo es algo. El recibimiento no pudo ser más efusivo, los del campamento habían empezado a aburrirse como pingüinos y yo era la gran novedad. No sé por qué a la gente se le da por estudiar cosas tan desagradables. A menos que sea lo de siempre: la esperanza de ganar algo, actitud a la que adhiero y que me parece muy loable. Y así era como había en el campamento doce o quince personas todas con títulos rimbombantes y que por suerte también se daban maña para cocinar, arreglar una canilla, tocar la armónica o contar cuentos verdes. Y simpáticos y corteses todos. Estaba este geólogo sueco, Lundgren, que se desilusionó mucho cuando supo que yo no jugaba al ajedrez pero que se le pasó cuando le dije que le iba a enseñar las tres variedades del sintu, la combativo, la contemplativa y la fraternal que se juegan en el sistema de Ldora, una en cada uno de los tres mundos. Al lado de eso el ajedrez parece tatetí. Y se las enseñé y me ganó un solo partido, a la combativo. Yo prefiero la fraternal. Estaba el doctor Simónides, un griego chiquito y calvo que hacía de todo, hasta psicoanálisis, y que se divertía con todo. Había un químico, no sé muy bien para qué, el doctor Carlos Fineschi, especialista en aguas fluviales, decime vos. Un ingeniero, Pablo María Dalmas. Una antropóloga, Marina Solim. Un sociólogo, un astrofísico, ingenieros mecánicos, todo eso. La Liga de las Naciones, tanto como para tratar de convencerlo a Dios Padre que somos buenos y nos queremos. Y estaba Veri Halabi que no sé de qué nacionalidad era pero qué cosa tan linda, por favor. Casi tan linda como las matriarcas de Veroboar pero con el pelo negro. Experta en lingüística comparada, no hay derecho. A los cinco minutos uno se daba cuenta que todos estaban metejoneados con ella y Fineschi más que todos porque lo que es Marina Solim que es eficiente y maternal y simpática como ella sola, no tiene para nada un físico que invite a los ensueños eróticos. Pero entre que la Halabi era macanuda pero no te las mandaba decir y que el doctor Simónides los arrinconaba y los convencía de cualquier cosa, la gente se llevaba bien y estaba tranquila. Y si habían empezado a aburrirse era porque habían terminado lo que tenían que hacer o lo que faltaba podía hacerse acá en los gabinetes de la universidad o sobre la mesa de la cocina de casa. Menos Veri Halabi que seguía descubriendo cosas pero que no sabía lo que significaban, pobre chica.
Y Trafalgar enchufó la cafetera eléctrica otra vez y se quedó esperando. El es así: cuando le contó a Páez el asunto de las máquinas para hacer el amor casi lo vuelve loco y eso que el Gordo es más bien pachorriento. Después volvió a la mesa y se tomó el café y los otros ni chistaban esperando el próximo capítulo.
- El primer día nomás me quisieron sacar del mate la idea de vender algo. No les hice caso porque los doctores sabrán mucho de ciencia, no digo que no, pero de vender y comprar nada, viejo, nada. Marina Solim me agarró y me contó que los habitantes de Anandaha-A eran prácticamente una especie extinguida, desgraciadamente según ella, aunque con franqueza era difícil entender qué les veía pero si es por eso también fue difícil entender lo que pasó después. Me dijo Marina que eran de un primitivismo lindante con la bestialidad. No construían herramientas, vivían a la intemperie, se habían olvidado del fuego si es que alguna vez habían sabido prender fuego, ni siquiera hablaban. Se vestían, hombres y mujeres iguales, con unas fundas astrosas abiertas a los costados que las sacaban, eso creía Marina, a los muertos, porque tejerlas no las tejían ellos. Comían, dormían tirados en cualquier parte, hacían sus cosas y hasta se acoplaban a la vista de todos, casi no habían chicos ni mujeres preñadas, y se pasaban el día echados sin hacer nada. Y bailaban.
Flynn se sorprendió con eso del baile y dice el Payo que intentó una conferencia sobre el baile como expresión refinada, así mismo dijo, refinada, de un sistema de civilización etcétera, pero que Trafalgar no lo dejó hablar mucho.
- Si querés - le dijo - te doy la dirección y el teléfono de Marina Solim. Es chilena pero vive en París y trabaja en el Museo del Hombre. Vas y le preguntas y te vas a caer de espaldas con lo que te cuente.
- Yo lo único que digo es - empezó Flynn.
- Eran cono animales, yo los vi - dijo Trafalgar -. Los del campamento, que no se llamaba campamento sino Unidad Interdisciplinaria de Evaluación, decían que eran feos, pero a mí me parecieron muy bellos. Claro que yo he visto muchas más cosas que los doctorcitos y las doctorcitas y sé qué es lo feo y qué es lo lindo. No hay casi nada que sea feo, en eso Marina y yo estamos de acuerdo. Muy altos y muy, flacos, de piel blanca y pelo negro, caras afiladas y ojos muy grandes, muy abiertos. Ojos de sapo decía Veri Halabi que los odiaba. Los otros no los odiaban; peor, les eran indiferentes, menos a Marina Solim. Al principio, me contó el doctor Simónides, habían tratado de hablar con ellos, pero ellos como si no los vieran ni los oyeran. Después se habían dado cuenta que o no tenían o habían perdido la capacidad de comunicarse y empezaron a tratarlos como animalitos: les llevaban comida y les hacían chasquidos con la lengua y los dedos. Pero los tipos nada: ni miraban, ni olfateaban, ni daban vuelta la cabeza cuando ellos se acercaban, ni comían y eso que Dalmas hacía unos chupines de locura. Entonces decretaron que eran bestias y se desentendieron de ellos. Hasta Marina Solim se descorazonó un poco porque lo único que podía hacer era sentarse cerca de ellos y pasarse las horas mirando lo que hacían que no hacían nada.
Vivir nada más, si vivir es respirar y comer y cagar y acoplarse y dormir.
- Y bailar - dijo Flynn.
- Y bailar. Hasta que en una de ésas Lundgren y Dalmas que a veces trabajaban juntos encontraron algo. ¿Saben lo que encontraron? Un libro, eso encontraron.
- Ya sé - dijo el Payo -, las Memorias de una Princesa Rusa.
- Qué imaginación tenés, ché. No. Algo muy distinto aunque claro que tampoco era un libro.
- En qué quedamos - dijo Flynn que ya les dije que es culto pero que también es impaciente.
- Algo como un libro. Unas hojas muy delgadas, casi transparentes, de un metal que parecía aluminio brillante, perforadas en uno de los lados más largos, el izquierdo y sujetas allí con aros del mismo material pero grueso, filiforme y soldado no se sabía cómo o tal vez cortados de una sola pieza. Y cubiertas de algo que cualquiera podía darse cuenta que era escritura. Lo encontraron cavando al pie de una colina. Revolvieron alrededor buscando algo más pero no había nada. Y ahí a Lundgren que él sí tiene imaginación porque si no no hubiera podido aprenderse las tres versiones del sintu y hasta ganarse un partido a la combativo el muy cretino que todavía me pregunto cómo hizo porque en el sintu no hay casualidades, se le ocurrió cavar directamente en la colina. Casi se mueren todos: no eran colinas, eran ruinas. Cubiertas desde hacía miles y miles de años por el barro duro de Anandaha-A. Ni tiempo de festejar tuvieron, ocupados en sacar cosas. Cada colina era una casa o mejor un complejo de varias casas que se comunicaban. Había no sólo utensilios sino aparatos, máquinas, muebles, más libros, vajilla, vehículos, adornos. Bastante fané estaba todo pero reconocible aunque no identificable. Se dieron la gran panzada sobre todo Marina Solim y la preciosidad de la Halabi. Dalmas y los ingenieros mecánicos se rompieron las cabezas estudiando las máquinas y los artefactos pero no sacaron nada en limpio. Clasificaron todo y lo acondicionaron para traerlo y Marina empezó a reconstruir una civilización como decía ella, prodigiosa, y la única que seguía en banda era Veri Halabi que por muy experta que fuera en lingüística comparada no entendía nada. Trabajaba mañana tarde y noche y se ponía de mal humor y Simónides le daba palmaditas en el hombro, literales y figuradas. Solamente pudo descifrar el alfabeto, los alfabetos porque había cinco aunque todos los libros según Fineschi que les hacía la reacción de noséquién, eran de la misma época. Les aviso que eso de la misma época para ellos significaba cuatro o cinco siglos. En fin, dejaron de revolver en las colinas salvo para sacar los libros que Veri Halabi decía que necesitaba, porque las cosas se repetían más o menos en todas y ellos ya no podían abarcar más. La chica seguía trabajando, los demás hacían lo que podían o lo que les daba la gana y ahí llegué yo.
Parece que se acordó del café y ofreció a los demás pero el único que aceptó fue el Payo porque Flynn tenía un vaso con whisky y Cirito es poco lo que toma.
- A todo esto Marina dividía su atención entre la civilización prodigiosa y los monos flacos que bailaban. El día que oyeron por primera vez la música casi se infartan porque no se la esperaban y fueron a ver qué pasaba. Armados, por si acaso. Todos menos Veri Halabi que de entrada les había tomado repugnancia y que dijo que esa música era irritante. Y cada vez que la oía cerraba todo y se quedaba adentro y si le parecía que oía algo se tapaba los oídos. Eso me lo contó Simónides después. Para cuando yo llegué estaban acostumbrados a la música y al baile y les gustaba. Me contó Marina que de repente, no todos los días sino de vez en cuando y a intervalos irregulares, sin que hubiera ninguna señal ni pasara nada, sacaban palos, cuerdas, unos instrumentos muy simples que ella describió y que yo vi pero ni me acuerdo, y algunos tocaban música y todos los demás bailaban. Bailaban horas y horas sin cansarse y era increíble la resistencia que tenían, tan flacos y arruinados, alimentados a gusanos molidos y agua. Pero bailaban a veces todo el día, a veces toda la noche. ¿Ustedes han probado bailar una noche entera sin parar? Bueno, ellos podían. Bailaban en la oscuridad más completa, sin verse, sin empujarse, sin caerse. O bailaban de día, eso que era día bajo el sol púrpura. O bailaban parte del día y parte de la noche. Y de pronto, porque sí, la música se terminaba y se tiraban por ahí mirando vaya a saber qué y se quedaban sin hacer nada horas o días. Impresionante. Les juro que era Impresionante.
A esa altura de la noche y del cuento a nadie le parecía necesario seguir tomando nada pero Trafalgar no abandonaba la cafetera eléctrica. Hacía frío y Cirito se levantó a prender la calefacción mientras Flynn y el Payo esperaban y Trafalgar pensaba a lo mejor en los días oscuros de Anandaha-A.
- El baile también me gustó, como me gustaban ellos aunque no les haya podido vender nada - siguió cuando lo vio entrar a Cirito -. Y a los del campamento también les gustaba. No digo a Marina Solim que es una tipa dispuesta a que todo le guste, ni a Lundgren que aprendió el sintu y eso ya habla en favor de la buena disposición de cualquier individuo, ni al sociólogo que acepta lo que venga y, compone un cuadro sinóptico en segundos y que no me acuerdo cómo se llama pero sí que se pasa las horas fumando Craven A y escribiendo a máquina. A todos les gustaba y cada vez que oían la música se iban a mirar. Todos menos Halabi.
La música era aguda, áspera, casi hiriente y con un ritmo que si la oyen los rockeros se suicidan de la envidia. Era... la pucha, no es fácil describir una música. No era inhumana. Miren, creo que si alguien la tocara en una de esas confitería bailables los mocosos se pondrían a bailar encantados de la vida. Eso. Era una música que transformaba todo en música, aunque Lundgren decía que era trágica y sí, era trágica. Parecía que era la primera vez que te dabas cuenta que estabas vivo y que habías estado vivo mucho antes y que quizás ibas a volver a estarlo pero te ibas a morir en cualquier momento y tenías que bailar para que las piernas y los brazos y las caderas y los hombros no se te confundieran en un solo cuerpo rígido, inmóvil. Pensé que era por eso que ellos bailaban. En vez de fabricar cosas, bulones o ciudades o sistemas filosóficos, bailaban para darse cuenta y decir que estaban vivos. Se lo pregunté a Simónides y me dijo que ésa era justamente una de sus teorías sobre el baile. Las otras eran que el baile era un lenguaje, que era un rito de adoración, que era la memoria de algo perdido. A raíz de eso último, como el sociólogo y como Marina Solim, él se había preguntado si estos habitantes de ese mundo oscuro y casi muerto no se reían de los descendientes de los que habían construido y habitado eso que ahora estaba en ruinas. Pero Veri Halabi se había puesto furiosa. Violenta, inexplicable y desproporcionadamente furiosa, me dijo Simónides, y había dicho que pensar que esas bestias pertenecían a la misma raza que los dueños de los alfabetos era casi sacrílego. La dejaron en paz porque sabían que la tensión de un trabajo que no podía resolver la tenía a mal traer. Pero no Simónides. El doctorcito calvo no se engañó nunca. En ese momento no sabía lo que pasaba, no podía saberlo, pero sí sabía que ahí se cocinaba algo más que el amor propio de una experta en lingüística comparada, linda y quisquillosa.
A lo mejor e gustaban los tipos que bailaban y no lo quería confesar - dijo el Payo Gamen.
- Payo, sos un genio - dijo Trafalgar.
- ¿Le gustaban? - preguntó Cirito alarmadísimo.
- Gustarle - dijo Trafalgar -. Ahora les cuento cómo pasaron las cosas. Lo primero que le había llamado la atención a Simónides fue que la Halabi dijo que la música era irritante y que no quisiera ir a ver que era ya aquella primera vez. Y se había quedado sola en el campamento zurciendo medias me imagino o memorizando el capítulo cuarto de algún tratado de lingüística comparada porque todavía no habían encontrado los libros. El doctor almacenó el dato en su cerebrito chismoso porque ese era su oficio: fijarse en lo que hacían y decían los demás, juntarlo todo, sacar conclusiones y mantener una charla con su víctima para explicarle que tenía que elaborar sus frustraciones o cualquiera de esas cosas que dicen estos tipos. No digo que no sea útil, al contrario, y la prueba está en que todo andaba como la seda, hasta el pobre Fineschi que aparte de babearse cuando la miraba a la morochita, estaba razonablemente contento. Y fuera del trabajo que tenía que hacer cada uno, el baile era la atracción principal. El único inconveniente era que había función muy de vez en cuando. Y cuando había la Halabi se ponía nerviosa así que empezó a encerrarse apenas se oía la música y los otros se iban a ver. En eso encontraron las ruinas y todos se pusieron a laburar como enanos y ella más que todos. Las cosas se fueron resolviendo, menos lo de la escritura, y para cuando yo llegué los tipos de Anandaha-A habían empezado a bailar cada vez más seguido. Cuando vi el espectáculo me quedé embobado y creo que hasta soñé y de ahí en adelante no me perdí uno. Simónides me contó sus teorías, Marina también, jugué al sintu con Lundgren que para mi que hizo trampa aunque en el sintu no se puede hacer trampa, me tiré discretos lancecitos verbales, como todos, con la Halabi que si uno la sacaba de la lingüística y de su odio por los nativos era muy sociable y sonriente, y me resigné a no vender nada pero me quedé.
El comedor estaba tibio y lleno de humo y el Payo se sacó el saco. Cirito tenía puesto un suéter viejo roto en los codos, que si Fina lo ve se nos muere. En la sala que da a la calle el reloj dio las tres pero ellos no lo oyeron.
- Una vez - dijo Trafalgar - nos pasamos casi todo el día viéndolos bailar. Había solamente dos músicos, uno que soplaba y otro que raspaba y golpeaba. Todos los demás bailaban. Era una obsesión: no nos podíamos mover de donde estábamos. Fuimos a almorzar muy tarde y Marina que fue a verla nos dijo que la Halabi dormía encerrada en su cuarto. Me pareció raro y a Simónides también porque últimamente la chica dormía muy poco. enloquecida como estaba por descifrar los libros. Volvimos a seguir mirando el baile y cuando no dimos más nos fuimos a dormir y ellos seguían bailando y el cuarto de Veri Halabi seguía cerrado y tenía la luz apagada. Simónides se asomó y me dijo que sí, que dormía pero que estaba muy inquieta. Me contaba algunas cosas el doctor, no sé por qué; será porque ellos también necesitan alguien que los oiga. Al día siguiente, a pesar de haber dormido tanto, la mina tenía unas ojeras hasta acá y estaba pálida y demacrada. No digo que estaba fea porque para eso hacía falta mucho, pero estaba menos linda. Ese día no hubo baile. Al otro no pudo más y le contó a Simónides que había soñado horas y horas con los textos y Simónides le dijo que claro y que no tenía nada de raro. Que no le entendía, dijo ella, con los textos descifrados y traducidos. Pero que no, que no podía ser, que todo era un disparate y se empezó a poner histérica. Simónides se la llevó a la cama, no con intenciones libidinosas sino terapéuticas, lo que es la ética profesional, mi Dios. La estuvo charlando un rato y la tranquiliza y entonces ella le dijo que encerrada y todo seguía oyendo la música y que tapándose los oídos seguía oyendo la música y que casi se había puesto a bailar. Y que para no bailar se había acostado y, se había dormido enseguida y había soñado adivinen con qué, acertaron, con la música y los tipos bailando. Y que como pasa en los sueños los tipos bailando se habían convertido en las letras desconocidas de los cinco alfabetos solamente que el sueño ella las conocía y las podía leer. Simónides le dijo lo que le hubiera dicho cualquiera: que a veces, pocas veces pero sucede, soñando uno encuentra la solución a un problema en el que ha pensado tanto que ya ni siquiera lo puede ver claramente mientras está despierto. Pero ella le dijo, ella a él fijensé, que estaba loco y que abriera el cajón de su escritorio, el de ella. El doctor lo abrió y se encontró con un montón de papeles escritos por la Halabi: era la traducción que ella había soñado y que al despertarse había ido corriendo a anotar no sabía por qué si total estaba convencida que no era más que una pesadilla. Simónides no alcanzó a leer todo, una lástima. Se acordaba de algunas cosas nomás. Había por ejemplo la descripción de un círculo.
- ¿La descripción de qué? - saltó Flynn.
- De un círculo.
Flynn le quiso tomar el pelo:
- Figura geométrica formada por los puntos interiores de una circunferencia si no me equivoco.
- Lamento comunicarte que te equivocas. Te voy a decir lo que es un círculo según el protocolo de la sensatez de Anandaha-A.
Aquí interrumpieron todos porque nadie entendía eso del protocolo de la sensatez. Pero Trafalgar Medrano no sabía lo que quería decir. Simónides tampoco y en ese momento Veri Halabi tampoco. Estaba en los textos y eso era todo.
- Un círculo - dijo Trafalgar - se forma en el reino cuando el candil se apaga en el juego sensible.
- Momento, momento - dijo Flynn -. Si en un mundo oscuro como ése vos prendés una luz, en cierto, modo se forma un círculo, pero no se forma cuando apagás la luz, ¿estamos?
- ¿Me dejás terminar? Yo no te estoy explicando nada. Te cuento lo que decían los textos que leyó Simónides y que eran la traducción que hizo en sueños Veri Halabi en base a un alfabeto quíntuple que ella no conocía.
- Qué tío - dijo el Payo.
- Un círculo - empezó de nuevo Trafalgar - se forma en el reino cuando el candil se apaga en el juego sensible de cada recinto lejano. Como el cuarzo ignora el aullido del animal salvaje y si llueve sobre el páramo es improbable que las raíces lo sepan, todos los recintos vienen a tocarse por las aristas hasta que el conocimiento borra lo construido. Su medida depende no de las rocas sino del torrente.
- Y eso qué quiere decir - preguntó Cirito.
Flynn se sirvió más whisky.
- No sé - dijo Trafalgar -. Simónides tenía una teoría, él siempre tenía teorías para todo y creo que, a veces, no se equivocaba. Casi triunfante me dijo que Anandaha-A era un mundo de símbolos. Yo me permití sugerirle que todos los mundos funcionan a símbolos así como todos los triciclos funcionan a pedal pero él me dijo que hay mucha diferencia entre de símbolos y a símbolos. Me parece que tiene razón. Y decía que apagar el candil es dejar la mente en blanco, no pensar en nada, y que eso es algo que se dice muy fácilmente pero que es difícil de hacer como que es nada menos que eliminar lo consciente y dejar paso a lo inconsciente, qué tal. Que el reino es la calidad, la esencia de ser hombre, y el juego sensible es la conciencia y cada recinto lejano es cada individuo. Cuando el candil está prendido los recintos están lejos unos de otros, cada uno está solo. Lo del cuarzo y el animal salvaje y la lluvia y el páramo y las raíces significa, según Simónides, que aunque el universo funciona aparentemente dividido en partes infinitas o no tan infinitas según se mire, es todo único y uno, indivisible y el mismo en todos sus puntos. ¿Entienden?
- No.
- Yo tampoco. Sigo. Entonces, como el universo es uno y único en todos sus puntos si cada individuo deja en suspenso la conciencia y apaga el candil, todos se encuentran, no están solos, se unen y lo saben todo sin necesidad y a pesar de las grandes creaciones intelectuales. Y el saber es tanto más profundo cuanto más total sea el esfuerzo de cada individuo y no cuantos más individuos haya. Eso vendría a ser lo de la medida.
- Ingenioso - dijo Flynn.
- Mierda - dijo el Payo -, no entiendo un pito.
Cirito no dijo nada.
- Y así por el estilo - siguió Trafalgar -. Había un texto sobre cómo proyectar estatuas pero Simónides no sabía si era proyectar en el sentido de dibujo previo a la tarea de esculpir o proyectar a través del espacio. También un diálogo entre Dios y el hombre en el cual por supuesto el único que hablaba era el hombre. Una lista de las voluntades nocivas: no me pregunten, Simónides tampoco sabía lo que era y si tenía una teoría se olvidó de contármela. Teoremas, un montón de teoremas. Un diario de viaje. Un método para doblar pero no sé doblar qué. Y pilas de cosas más. Pero todo eso se perdió. Simónides anotó lo poco que recordaba y por ahí debo tener una copia que me regaló. Por que mientras él leía a Veri Halabi le dio el gran ataque, se levantó y empezó a romper papeles y hasta le quitó a Simónides los que él tenía en la mano y los hizo trizas.
- Qué loca - dijo el Payo.
- Ajá - dijo Trafalgar -, eso es lo que uno piensa cada vez que alguien hace algo que uno no entiende. Pero esperate un poco y decime después si estaba loca. El doctorcito largó todo y se ocupó de ella y le dio algo para dormir. Me comentó que no había habido tal ataque, que simple y desdichadamente en ese momento el juego sensible había terminado de invadirla y ella había abandonado el reino. Preferí no pedir explicaciones pero le pregunté si no era posible reconstruir los textos y me dijo que no, que eran papel picado y que de todos modos no eran textos que corrieran el peligro de perderse. También le pregunté si él creía que eran la traducción correcta de los libros de metal y me miró como si yo le hubiera preguntado si él creía que dos más dos son cuatro y me dijo que claro que sí. Y que les cuento que al día siguiente la Halabi se levanta fresca como una lechuga y se dedica a seguir trabajando en la traducción.
- ¡Pero cómo! - dijo el Payo -. ¿No la había hecho ya y la había roto? ¿Otra vez la hacía?
- No. Era la misma vez. Ella no quería creer que lo que había roto fuera la traducción, y despierta, trabajaba haciendo funcionar la lógica, el razonamiento, la información, es decir fuera del reino, en el juego sensible, sin saber ya y sin tratar de formar un círculo. Entonces la vida sigue como siempre y aquí no ha pasado nada y durante dos días no hay bailes. Al tercero a Romeo Fineschi Montesco se le ocurre proponernos a todos que demos un paseo. Un paseo en ese mundo de porquería, imaginensé. Pero claro que si va y la invita a Julieta
Halabi Capuleto sola, se queda de araca porque ella le dice que no. Fuimos. Dalmas, Lundgren, Marina, Simónides, yo, Fineschi, la Halabi, otros dos ingenieros y hasta el sociólogo. Muy divertido no fue porque ya les dije que las atracciones naturales de Anandaha-A son lamentables. Hablábamos pavadas y Simónides describía monumentos y parques imaginarios con voz de guía de turismo hasta que se cansó porque mucho apunte no le llevábamos. El único que la pasaba posta era Fineschi que charlaba hasta por los codos con la Halabi supongo que de temas tan románticos como el grado de saturación salina del agua del Danubio inferior. íbamos volviendo cuando empezó la música y Veri Halabi gritó. Fue un grito como para poner los pelos de punta, de bestia acorralada como dicen los escritores de ciencia ficción.
- Y otros que no escriben ciencia ficción - acotó Flynn.
- No lo dudo. Yo aparte de ciencia ficción y policiales no leo más que Balzac, Cervantes y el Corto Maltés.
- Muy lejos vas a llegar con esa mescolanza absurda.
- ¿Dónde absurda, dónde? Son de los pocos que tienen todo lo que se le puede pedir a la literatura: belleza, realismo, diversión, qué más querés.
- Acabenlá, ché - dijo el Payo -. ¿Por qué gritó la mina?
- Se grita por dolor o miedo o sorpresa - dijo Flynn -. Con menos frecuencia por alegría. Aunque creo que no era éste el caso.
- No era. Gritó. Un grito largo que parecía que le venía de los talones y que le raspaba la garganta. Se quedó un momentito parada ahí como una estaca con la mandíbula que le llegaba a las rodillas y los ojos como el dos de oros y después salió corriendo para el lado del campamento. La música sonaba muy aguda, urgente, pero nosotros en vez de ir a ver la seguimos, Fineschi al trote y los demás caminando apurados. Simónides fue a verla y la encontró sentada en la cama como idiotizada. Esta vez no se había encerrado ni se tapaba los oídos. El doctorcito lo echó a patadas a Fineschi, que no hacía más que joder tratando de hablar con ella, la miró un rato, le tomó el pulso, hizo esas cosas que hacen los matasanos y la dejó sola. Ella, como si nada. Todos estábamos un poco apabullados y la música seguía y algunos se fueron a ver. Los otros nos quedamos y comimos. Fineschi se paseaba y fumaba una pipa que se apagaba cada dos por tres. Los demás volvieron, comieron y todos nos sentamos en una especie de sobremesa tétrica.
De vez en cuando Simónides iba a verla y al volver no decía nada. En eso, cuando estábamos por ir a acostarnos, apareció ella en la puerta. La música seguía y la chica se puso a hablar. La macana fue que no entendimos nada. Hablaba y hablaba en un idioma desconocido en el que había muchas más vocales que las que parece que tiene que haber. La escuchábamos sin movemos y cuando Fineschi quiso acercársela, el doctorcito no lo dejó, habló durante toda la noche.
- No puede ser - dijo Flynn.
- Vos qué sabés. Habló durante toda la noche y nosotros la escuchamos durante toda la noche. Fineschi lloraba de a ratos. Marina Solim estaba sentada al lado mío y me agarraba del brazo y no me soltó hasta que no se le acalambró la mano. Cuando amaneció, que eso sí es una figura literaria como para meterla en este cuarto porque ahí no amanece, se levanta el solcito violeta y está menos oscuro y eso es todo, cuando amaneció la música seguía sonando y ella seguía hablando. Y de repente dejó de hablar pero la música no paró. Yo estaba entumecido y hasta tenía frío y seguro que los demás también, pero cuando Veri Halabi salió nos levantamos y nos fuimos detrás de ella. Caminaba como si tuviera que ir a depositar guita al banco y fueran las cuatro menos un minuto y nosotros atrás, para donde estaba la música. Allá al pie de una de las colinas cavadas, junto al río negruzco, los tipos de Anandaha-A bailaban con tantas ganas que parecía que acababan de empezar. Y Veri Halabi corrió y se metió entre ellos y bailó y mientras bailaba se arrancaba la ropa y sacudía la cabeza hasta que el pelo negro le tapó la cara como a todos y ya no la podíamos distinguir. Pasó una hora más y locos de sueño y de cansancio y con la sensación de que había pasado algo más inevitable que la muerte, retrocedimos hasta el campamento. Simónides y Dalmas tuvieron que arrastrar lo a Fineschi que no quería irse. Nos acostamos y nos dormimos todos, Simónides el último porque anduvo repartiendo pastillas y te dio una inyección al Montesco. Yo dormí diez horas y fui uno de los primeros en despertarme. Marina Solim se puso a hacer café y el sociólogo fumaba pero no escribía a máquina. Después apareció Simónides y de a poco todos los demás. Tomamos café y comimos sandwiches de salchichas. Y la música que había seguido sonando y no se por qué porque dormí como un tronco, yo sabía que había sonado todo el día, la música se apagó con la última miga de la comida. Fineschi anunció que iba a buscarla a la chica y allá fuimos de nuevo todos en procesión pero fue inútil.
- ¿No estaba? - preguntó el Payo.
- Sí que estaba. Al principio no la vimos. Los nativos se habían sentado o tirado por ahí como siempre mirando fijo a alguna parte. Era difícil distinguirla. Ahora estaba vestida con una funda abierta a los costados y sentada en el barro con las piernas cruzadas, entre dos mujeres y un hombre, tan parecida a ellos, con los ojos muy abiertos, sin pestañear, muda y más bella que antes porque se había vuelto bella como los señores de Anandaha-A, miraba frente a ella pero no nos veía. La llamamos y yo estuve seguro de que nos estábamos portando como unos estúpidos. No nos oía. Simónides agarró al sociólogo y a Lundgren y fue a buscarla. Yo lo sujeté a Fineschi. En cuanto le pusieron las manos encima empezó otra vez la música y todos se levantaron y bailaron, ella también, y bailando rechazaron a los tres hombres que salieron a reculones del torbellino y ya la perdimos de vista. En tres días hicimos cinco intentos más. No hubo caso. Finalmente fue Fineschi, y eso me sorprendió, el que dijo que teníamos que darnos por vencidos.
El Payo dijo no ves que estaba loca y Cirito dijo quién sabe y Trafalgar tomó más café.
- No estaba loca - dijo -. Había vuelto a su casa, al círculo. Vean, si lo pienso mucho no tengo más remedio que decir que sí, que se volvió loca. Pero si me acuerdo de ella bailando, diciéndonos bailando que la dejáramos en paz porque había dejado de buscar, de resistirse, de estudiar, pensar, escribir, razonar, acumular y hacer, reconozco con algo de satisfacción, una satisfacción triste porque yo no llevo el prodigio en mi sangre, que ella había atravesado el reino de punta a punta y nadaba fresca y linda en el torrente. Simónides lo explicó de otra manera y Marina Solim lo apoyó con datos muy concretos. Los tipos que bailaban eran de veras los descendientes de los que habían dejado las ruinas. Anandaha-A conoció quizás una estrella amarilla y caliente y un cielo limpio y una tierra fértil y allí se fabricaron cosas y se escribieron poemas mucho antes que nosotros nos diéramos el lujo del estegosaurio y el escafites. Tal vez tuvieron joyas, conciertos, tractores, guerras, universidades, caramelos, deportes y material plástico. Deben haber viajado a otros mundos. Y llegaron tan alto y tan hondo que cuando la estrella murió ya no les importaba nada. Después de visitar mundos muertos, vivos o por nacer, después de dejar su simiente en algunos de ellos, después de curiosearle todo y saberlo todo, no sólo dejaron de interesarse por la muerte de la estrella sino por el resto del universo y les bastó con la sensatez del círculo. No conservaron más que la música que bailaban y que era todo lo que Simónides había supuesto y mucho más. No sabemos qué más pero si alguien nos lo dijera no lo entenderíamos. Y Veri Halabi reconoció a los suyos pero la luz del juego sensible le impedía verlos y entrar en el reino donde hay posibilidad de apagar el candil, y tironeada entre la luz y la urgencia nostálgica de algunas de sus células que tenían el sello de los argonautas de Anandaha-A, los odiaba. Cuando la luz se apagó a fuerza de música y ella habló todas las palabras de su raza, las que había aprendido en sueños, ya no los odió ni los amó ni nada. Le bastó con volver.
Dice el Payo que se quedaron callados todos. Incluso Flynn que es discutidor y le gusta llevar la contra, no encontraba nada que decir. Cuando Cirito comentó que Fina había llamado por teléfono para avisarle que se quedaba en Salta una semana más y hablaron de otras cosas y tomaron más whisky y Trafalgar más café, Flynn admitió que Trafalgar podía tener razón, que el asunto, si se lo pensaba bien, parecía descabellado, pero que él tenía la impresión de que no era tan extraño. Cirito dijo:
- Me gustaría ir a Anandaha-A.
- Te lo regalo - dijo el Payo.
- ¿Era tan linda Veri Halabi? - preguntó Flynn.
- Ahora es más linda - dijo Trafalgar.
FIN
Angélica Gorodischer nació en Buenos Aires, pero desde su infancia reside en Rosario.Ha publicado: Cuentos con soldados (Ed. Club del Orden de Santa Fe, cuyo premio obtuvo; 1965), Opus Dos (Minotauro, 1968); Las Pelucas (Sudamericana, 1969); Bajo las jubeas en Flor (Ediciones de la Flor, 1973); Casta luna electrónica (Andréomeda, 1977); Trafalgar (El Cid Editor, 1979); Mala Noche y Parir hembra (La Campana, 1983); Kalpa Imperial (Minotauro, 1983), Floreros de alabastro, alfombras de Bokhara (Emecé, 1985); Jugo de Mango (Emecé, 1988); Las Repúblicas (Ed. de la Flor, 1991); Fábula de la virgen y el bombero (Ediciones de la Flor, 1993); Técnicas de supervivencia (Ed. Municipal Rosario, 1994), La noche del inocente (Emecé, 1996).Varios de estos títulos fueron reeditados con posterioridad a las fechas que se indican de sus primeras ediciones por otros sellos en la Argentina y en España.
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SENSATEZ DEL CIRCULO
Angélica Gorodischer
Encore n' y, a il cliemin qui n'aye son issue.
Montaigne

¿Han visto esas casas del boulevard Otoño, sobre todo las que miran al este, esas casas secas, frías, serias, pesadas con rejas pero sin jardines, con a lo sumo un patio embaldosado como la vereda? En una de esas casas vive Ciro Vázquez Leiva, Cirito. Excelente tipo, un poco cansino, pasablemente rico, casado con una mujer abrumadora y exasperante, Fina Ereñú. Cada vez que Fina se va a Salta a ver a la hija y a los nietos, y por suerte se va lo suficiente a menudo como para que él no enmudezca del todo, Cirito deja de ir a la noche al jockey y ahí es cuando algunos amigos de esos que interpretan correctamente las señales, van a la casa fría y seca y juegan al póker en el comedor, Reuniones exclusivamente masculinas y hasta un poco solemnes en las que se toma whisky con moderación y uno que otro café o litros de café si está Trafalgar Medrano como el jueves pasado.
No es que yo haya estado allí porque como les digo las mujeres sobran, pero Goro suele encontrarse en lo de Raúl con el Payo Gamen que sí estaba. Cirito tiene una suerte infernal. Por lo menos eso es lo que dicen los amigos que no quieren reconocer que lo que pasa es que obligado por las circunstancias ha desarrollado un infinito sentido de la oportunidad y una habilidad infinita para distorsionar la verdad lo necesario, apenas lo necesario. Y esa noche a pesar de que juegan con tanta moderación como toman whisky, ganó montones de plata. Sobre todo a costa de Payo y del doctor Flynn, el médico, no el abogado. Trafalgar Medrano que es más circunspecto, salió mano a mano. Después de una revancha catastrófica el Payo dijo basta y Flynn dijo sos un animal Cirito, y Trafalgar Medrano dijo ¿no hay más café? Había. Los otros se sirvieron whisky y Cirito acomodaba las cartas. El Payo dijo que al día siguiente él iba a llevar un naipe nuevo y alguien propuso que fuera español a ver si al truco Cirito seguía arrasando con todo.
- Traé el naipe que quieras - dijo Cirito que estaba contento -, español o chino o lo que sea.
- Los naipes son chinos - dijo el Payo.
- Puede ser - dijo Flynn que es culto -, pero fueron los árabes los que los trajeron a occidente. Viterbo dice que a fines del siglo XIV los árabes los llevaron a España y que se llamaban naib.
- Y ese Viterbo quién es - preguntó el Payo.
- Y que - siguió Flynn - los oros son la burguesía, las copas el clero, las espadas el ejército y los bastos el pueblo.
- Como siempre y como en todas partes - dijo Cirito.
- Conocí a unos tipos que eran todos todo eso y nada al mismo tiempo - dijo Trafalgar.
- Sé - dijo el Payo -, ¿y entonces quién hacía las revoluciones, eh?
- No había - dijo Trafalgar -. Ni revoluciones ni nada.
- Contá - dijo Cirito.
Observación retórica porque a Trafalgar, cuando empieza a contar algo así despacito y como quien no quiere la cosa, no hay quien lo pare.
- ¿Alguno de ustedes estuvo en Anandaha-A?
Nunca nadie como era de esperar. No es fácil andar por los lugares por los que anda él.
- Es horrible - dijo -. El mundo más horrible que se puedan imaginar. Cuando es de día parece que es de noche y cuando es de noche uno prende la luz más potente que tiene y apenas si alcanza a verse las manos porque la oscuridad se lo traga todo. No hay árboles, no hay plantas, no hay animales, no hay ciudades, no hay nada. El terreno es ondulado, con montañitas chatas. El aire es pegajoso; hay algunos ríos finitos y haraganes y la poca gente que vive allí, y a primera vista uno duda de que se le pueda llamar gente, saca unas hojas grises o unos gusanos, no sé, del fondo de los ríos, los machaca entre los dedos, los mezcla con agua y se los come. Un asco. El suelo es frío y húmedo, como de barro apisonado. Nunca hay viento, nunca llueve, nunca hace frío, nunca hace calor. Un sol color borravino hace siempre el mismo recorrido en el mismo cielo sucio sin que a nadie le importe, y no hay lunas.
- Te habrás divertido una barbaridad - dijo el Pavo Gamen.
- Bastante - confesó Trafalgar -. Hace un par de años yo había ganado un vagón de guita vendiendo bombitas de luz en Prattolva donde acaban de descubrir la electricidad y como algo sabía del sol inútil de Anandaha-A, se me ocurrió que podría ganar otro vagón vendiéndoles lámparas, linternas, esas cosas que se comieran la oscuridad. Pero claro que lo que yo no sabía era que los tipos ésos no tenían intención de comprar nada pero nada. Fui a Prattolva con otra carga y al volver bajé en Anandaha-A cerca de lo que parecía una ciudad chica y que no era una ciudad ni chica ni grande sino un campamento pero algo es algo. El recibimiento no pudo ser más efusivo, los del campamento habían empezado a aburrirse como pingüinos y yo era la gran novedad. No sé por qué a la gente se le da por estudiar cosas tan desagradables. A menos que sea lo de siempre: la esperanza de ganar algo, actitud a la que adhiero y que me parece muy loable. Y así era como había en el campamento doce o quince personas todas con títulos rimbombantes y que por suerte también se daban maña para cocinar, arreglar una canilla, tocar la armónica o contar cuentos verdes. Y simpáticos y corteses todos. Estaba este geólogo sueco, Lundgren, que se desilusionó mucho cuando supo que yo no jugaba al ajedrez pero que se le pasó cuando le dije que le iba a enseñar las tres variedades del sintu, la combativo, la contemplativa y la fraternal que se juegan en el sistema de Ldora, una en cada uno de los tres mundos. Al lado de eso el ajedrez parece tatetí. Y se las enseñé y me ganó un solo partido, a la combativo. Yo prefiero la fraternal. Estaba el doctor Simónides, un griego chiquito y calvo que hacía de todo, hasta psicoanálisis, y que se divertía con todo. Había un químico, no sé muy bien para qué, el doctor Carlos Fineschi, especialista en aguas fluviales, decime vos. Un ingeniero, Pablo María Dalmas. Una antropóloga, Marina Solim. Un sociólogo, un astrofísico, ingenieros mecánicos, todo eso. La Liga de las Naciones, tanto como para tratar de convencerlo a Dios Padre que somos buenos y nos queremos. Y estaba Veri Halabi que no sé de qué nacionalidad era pero qué cosa tan linda, por favor. Casi tan linda como las matriarcas de Veroboar pero con el pelo negro. Experta en lingüística comparada, no hay derecho. A los cinco minutos uno se daba cuenta que todos estaban metejoneados con ella y Fineschi más que todos porque lo que es Marina Solim que es eficiente y maternal y simpática como ella sola, no tiene para nada un físico que invite a los ensueños eróticos. Pero entre que la Halabi era macanuda pero no te las mandaba decir y que el doctor Simónides los arrinconaba y los convencía de cualquier cosa, la gente se llevaba bien y estaba tranquila. Y si habían empezado a aburrirse era porque habían terminado lo que tenían que hacer o lo que faltaba podía hacerse acá en los gabinetes de la universidad o sobre la mesa de la cocina de casa. Menos Veri Halabi que seguía descubriendo cosas pero que no sabía lo que significaban, pobre chica.
Y Trafalgar enchufó la cafetera eléctrica otra vez y se quedó esperando. El es así: cuando le contó a Páez el asunto de las máquinas para hacer el amor casi lo vuelve loco y eso que el Gordo es más bien pachorriento. Después volvió a la mesa y se tomó el café y los otros ni chistaban esperando el próximo capítulo.
- El primer día nomás me quisieron sacar del mate la idea de vender algo. No les hice caso porque los doctores sabrán mucho de ciencia, no digo que no, pero de vender y comprar nada, viejo, nada. Marina Solim me agarró y me contó que los habitantes de Anandaha-A eran prácticamente una especie extinguida, desgraciadamente según ella, aunque con franqueza era difícil entender qué les veía pero si es por eso también fue difícil entender lo que pasó después. Me dijo Marina que eran de un primitivismo lindante con la bestialidad. No construían herramientas, vivían a la intemperie, se habían olvidado del fuego si es que alguna vez habían sabido prender fuego, ni siquiera hablaban. Se vestían, hombres y mujeres iguales, con unas fundas astrosas abiertas a los costados que las sacaban, eso creía Marina, a los muertos, porque tejerlas no las tejían ellos. Comían, dormían tirados en cualquier parte, hacían sus cosas y hasta se acoplaban a la vista de todos, casi no habían chicos ni mujeres preñadas, y se pasaban el día echados sin hacer nada. Y bailaban.
Flynn se sorprendió con eso del baile y dice el Payo que intentó una conferencia sobre el baile como expresión refinada, así mismo dijo, refinada, de un sistema de civilización etcétera, pero que Trafalgar no lo dejó hablar mucho.
- Si querés - le dijo - te doy la dirección y el teléfono de Marina Solim. Es chilena pero vive en París y trabaja en el Museo del Hombre. Vas y le preguntas y te vas a caer de espaldas con lo que te cuente.
- Yo lo único que digo es - empezó Flynn.
- Eran cono animales, yo los vi - dijo Trafalgar -. Los del campamento, que no se llamaba campamento sino Unidad Interdisciplinaria de Evaluación, decían que eran feos, pero a mí me parecieron muy bellos. Claro que yo he visto muchas más cosas que los doctorcitos y las doctorcitas y sé qué es lo feo y qué es lo lindo. No hay casi nada que sea feo, en eso Marina y yo estamos de acuerdo. Muy altos y muy, flacos, de piel blanca y pelo negro, caras afiladas y ojos muy grandes, muy abiertos. Ojos de sapo decía Veri Halabi que los odiaba. Los otros no los odiaban; peor, les eran indiferentes, menos a Marina Solim. Al principio, me contó el doctor Simónides, habían tratado de hablar con ellos, pero ellos como si no los vieran ni los oyeran. Después se habían dado cuenta que o no tenían o habían perdido la capacidad de comunicarse y empezaron a tratarlos como animalitos: les llevaban comida y les hacían chasquidos con la lengua y los dedos. Pero los tipos nada: ni miraban, ni olfateaban, ni daban vuelta la cabeza cuando ellos se acercaban, ni comían y eso que Dalmas hacía unos chupines de locura. Entonces decretaron que eran bestias y se desentendieron de ellos. Hasta Marina Solim se descorazonó un poco porque lo único que podía hacer era sentarse cerca de ellos y pasarse las horas mirando lo que hacían que no hacían nada.
Vivir nada más, si vivir es respirar y comer y cagar y acoplarse y dormir.
- Y bailar - dijo Flynn.
- Y bailar. Hasta que en una de ésas Lundgren y Dalmas que a veces trabajaban juntos encontraron algo. ¿Saben lo que encontraron? Un libro, eso encontraron.
- Ya sé - dijo el Payo -, las Memorias de una Princesa Rusa.
- Qué imaginación tenés, ché. No. Algo muy distinto aunque claro que tampoco era un libro.
- En qué quedamos - dijo Flynn que ya les dije que es culto pero que también es impaciente.
- Algo como un libro. Unas hojas muy delgadas, casi transparentes, de un metal que parecía aluminio brillante, perforadas en uno de los lados más largos, el izquierdo y sujetas allí con aros del mismo material pero grueso, filiforme y soldado no se sabía cómo o tal vez cortados de una sola pieza. Y cubiertas de algo que cualquiera podía darse cuenta que era escritura. Lo encontraron cavando al pie de una colina. Revolvieron alrededor buscando algo más pero no había nada. Y ahí a Lundgren que él sí tiene imaginación porque si no no hubiera podido aprenderse las tres versiones del sintu y hasta ganarse un partido a la combativo el muy cretino que todavía me pregunto cómo hizo porque en el sintu no hay casualidades, se le ocurrió cavar directamente en la colina. Casi se mueren todos: no eran colinas, eran ruinas. Cubiertas desde hacía miles y miles de años por el barro duro de Anandaha-A. Ni tiempo de festejar tuvieron, ocupados en sacar cosas. Cada colina era una casa o mejor un complejo de varias casas que se comunicaban. Había no sólo utensilios sino aparatos, máquinas, muebles, más libros, vajilla, vehículos, adornos. Bastante fané estaba todo pero reconocible aunque no identificable. Se dieron la gran panzada sobre todo Marina Solim y la preciosidad de la Halabi. Dalmas y los ingenieros mecánicos se rompieron las cabezas estudiando las máquinas y los artefactos pero no sacaron nada en limpio. Clasificaron todo y lo acondicionaron para traerlo y Marina empezó a reconstruir una civilización como decía ella, prodigiosa, y la única que seguía en banda era Veri Halabi que por muy experta que fuera en lingüística comparada no entendía nada. Trabajaba mañana tarde y noche y se ponía de mal humor y Simónides le daba palmaditas en el hombro, literales y figuradas. Solamente pudo descifrar el alfabeto, los alfabetos porque había cinco aunque todos los libros según Fineschi que les hacía la reacción de noséquién, eran de la misma época. Les aviso que eso de la misma época para ellos significaba cuatro o cinco siglos. En fin, dejaron de revolver en las colinas salvo para sacar los libros que Veri Halabi decía que necesitaba, porque las cosas se repetían más o menos en todas y ellos ya no podían abarcar más. La chica seguía trabajando, los demás hacían lo que podían o lo que les daba la gana y ahí llegué yo.
Parece que se acordó del café y ofreció a los demás pero el único que aceptó fue el Payo porque Flynn tenía un vaso con whisky y Cirito es poco lo que toma.
- A todo esto Marina dividía su atención entre la civilización prodigiosa y los monos flacos que bailaban. El día que oyeron por primera vez la música casi se infartan porque no se la esperaban y fueron a ver qué pasaba. Armados, por si acaso. Todos menos Veri Halabi que de entrada les había tomado repugnancia y que dijo que esa música era irritante. Y cada vez que la oía cerraba todo y se quedaba adentro y si le parecía que oía algo se tapaba los oídos. Eso me lo contó Simónides después. Para cuando yo llegué estaban acostumbrados a la música y al baile y les gustaba. Me contó Marina que de repente, no todos los días sino de vez en cuando y a intervalos irregulares, sin que hubiera ninguna señal ni pasara nada, sacaban palos, cuerdas, unos instrumentos muy simples que ella describió y que yo vi pero ni me acuerdo, y algunos tocaban música y todos los demás bailaban. Bailaban horas y horas sin cansarse y era increíble la resistencia que tenían, tan flacos y arruinados, alimentados a gusanos molidos y agua. Pero bailaban a veces todo el día, a veces toda la noche. ¿Ustedes han probado bailar una noche entera sin parar? Bueno, ellos podían. Bailaban en la oscuridad más completa, sin verse, sin empujarse, sin caerse. O bailaban de día, eso que era día bajo el sol púrpura. O bailaban parte del día y parte de la noche. Y de pronto, porque sí, la música se terminaba y se tiraban por ahí mirando vaya a saber qué y se quedaban sin hacer nada horas o días. Impresionante. Les juro que era Impresionante.
A esa altura de la noche y del cuento a nadie le parecía necesario seguir tomando nada pero Trafalgar no abandonaba la cafetera eléctrica. Hacía frío y Cirito se levantó a prender la calefacción mientras Flynn y el Payo esperaban y Trafalgar pensaba a lo mejor en los días oscuros de Anandaha-A.
- El baile también me gustó, como me gustaban ellos aunque no les haya podido vender nada - siguió cuando lo vio entrar a Cirito -. Y a los del campamento también les gustaba. No digo a Marina Solim que es una tipa dispuesta a que todo le guste, ni a Lundgren que aprendió el sintu y eso ya habla en favor de la buena disposición de cualquier individuo, ni al sociólogo que acepta lo que venga y, compone un cuadro sinóptico en segundos y que no me acuerdo cómo se llama pero sí que se pasa las horas fumando Craven A y escribiendo a máquina. A todos les gustaba y cada vez que oían la música se iban a mirar. Todos menos Halabi.
La música era aguda, áspera, casi hiriente y con un ritmo que si la oyen los rockeros se suicidan de la envidia. Era... la pucha, no es fácil describir una música. No era inhumana. Miren, creo que si alguien la tocara en una de esas confitería bailables los mocosos se pondrían a bailar encantados de la vida. Eso. Era una música que transformaba todo en música, aunque Lundgren decía que era trágica y sí, era trágica. Parecía que era la primera vez que te dabas cuenta que estabas vivo y que habías estado vivo mucho antes y que quizás ibas a volver a estarlo pero te ibas a morir en cualquier momento y tenías que bailar para que las piernas y los brazos y las caderas y los hombros no se te confundieran en un solo cuerpo rígido, inmóvil. Pensé que era por eso que ellos bailaban. En vez de fabricar cosas, bulones o ciudades o sistemas filosóficos, bailaban para darse cuenta y decir que estaban vivos. Se lo pregunté a Simónides y me dijo que ésa era justamente una de sus teorías sobre el baile. Las otras eran que el baile era un lenguaje, que era un rito de adoración, que era la memoria de algo perdido. A raíz de eso último, como el sociólogo y como Marina Solim, él se había preguntado si estos habitantes de ese mundo oscuro y casi muerto no se reían de los descendientes de los que habían construido y habitado eso que ahora estaba en ruinas. Pero Veri Halabi se había puesto furiosa. Violenta, inexplicable y desproporcionadamente furiosa, me dijo Simónides, y había dicho que pensar que esas bestias pertenecían a la misma raza que los dueños de los alfabetos era casi sacrílego. La dejaron en paz porque sabían que la tensión de un trabajo que no podía resolver la tenía a mal traer. Pero no Simónides. El doctorcito calvo no se engañó nunca. En ese momento no sabía lo que pasaba, no podía saberlo, pero sí sabía que ahí se cocinaba algo más que el amor propio de una experta en lingüística comparada, linda y quisquillosa.
A lo mejor e gustaban los tipos que bailaban y no lo quería confesar - dijo el Payo Gamen.
- Payo, sos un genio - dijo Trafalgar.
- ¿Le gustaban? - preguntó Cirito alarmadísimo.
- Gustarle - dijo Trafalgar -. Ahora les cuento cómo pasaron las cosas. Lo primero que le había llamado la atención a Simónides fue que la Halabi dijo que la música era irritante y que no quisiera ir a ver que era ya aquella primera vez. Y se había quedado sola en el campamento zurciendo medias me imagino o memorizando el capítulo cuarto de algún tratado de lingüística comparada porque todavía no habían encontrado los libros. El doctor almacenó el dato en su cerebrito chismoso porque ese era su oficio: fijarse en lo que hacían y decían los demás, juntarlo todo, sacar conclusiones y mantener una charla con su víctima para explicarle que tenía que elaborar sus frustraciones o cualquiera de esas cosas que dicen estos tipos. No digo que no sea útil, al contrario, y la prueba está en que todo andaba como la seda, hasta el pobre Fineschi que aparte de babearse cuando la miraba a la morochita, estaba razonablemente contento. Y fuera del trabajo que tenía que hacer cada uno, el baile era la atracción principal. El único inconveniente era que había función muy de vez en cuando. Y cuando había la Halabi se ponía nerviosa así que empezó a encerrarse apenas se oía la música y los otros se iban a ver. En eso encontraron las ruinas y todos se pusieron a laburar como enanos y ella más que todos. Las cosas se fueron resolviendo, menos lo de la escritura, y para cuando yo llegué los tipos de Anandaha-A habían empezado a bailar cada vez más seguido. Cuando vi el espectáculo me quedé embobado y creo que hasta soñé y de ahí en adelante no me perdí uno. Simónides me contó sus teorías, Marina también, jugué al sintu con Lundgren que para mi que hizo trampa aunque en el sintu no se puede hacer trampa, me tiré discretos lancecitos verbales, como todos, con la Halabi que si uno la sacaba de la lingüística y de su odio por los nativos era muy sociable y sonriente, y me resigné a no vender nada pero me quedé.
El comedor estaba tibio y lleno de humo y el Payo se sacó el saco. Cirito tenía puesto un suéter viejo roto en los codos, que si Fina lo ve se nos muere. En la sala que da a la calle el reloj dio las tres pero ellos no lo oyeron.
- Una vez - dijo Trafalgar - nos pasamos casi todo el día viéndolos bailar. Había solamente dos músicos, uno que soplaba y otro que raspaba y golpeaba. Todos los demás bailaban. Era una obsesión: no nos podíamos mover de donde estábamos. Fuimos a almorzar muy tarde y Marina que fue a verla nos dijo que la Halabi dormía encerrada en su cuarto. Me pareció raro y a Simónides también porque últimamente la chica dormía muy poco. enloquecida como estaba por descifrar los libros. Volvimos a seguir mirando el baile y cuando no dimos más nos fuimos a dormir y ellos seguían bailando y el cuarto de Veri Halabi seguía cerrado y tenía la luz apagada. Simónides se asomó y me dijo que sí, que dormía pero que estaba muy inquieta. Me contaba algunas cosas el doctor, no sé por qué; será porque ellos también necesitan alguien que los oiga. Al día siguiente, a pesar de haber dormido tanto, la mina tenía unas ojeras hasta acá y estaba pálida y demacrada. No digo que estaba fea porque para eso hacía falta mucho, pero estaba menos linda. Ese día no hubo baile. Al otro no pudo más y le contó a Simónides que había soñado horas y horas con los textos y Simónides le dijo que claro y que no tenía nada de raro. Que no le entendía, dijo ella, con los textos descifrados y traducidos. Pero que no, que no podía ser, que todo era un disparate y se empezó a poner histérica. Simónides se la llevó a la cama, no con intenciones libidinosas sino terapéuticas, lo que es la ética profesional, mi Dios. La estuvo charlando un rato y la tranquiliza y entonces ella le dijo que encerrada y todo seguía oyendo la música y que tapándose los oídos seguía oyendo la música y que casi se había puesto a bailar. Y que para no bailar se había acostado y, se había dormido enseguida y había soñado adivinen con qué, acertaron, con la música y los tipos bailando. Y que como pasa en los sueños los tipos bailando se habían convertido en las letras desconocidas de los cinco alfabetos solamente que el sueño ella las conocía y las podía leer. Simónides le dijo lo que le hubiera dicho cualquiera: que a veces, pocas veces pero sucede, soñando uno encuentra la solución a un problema en el que ha pensado tanto que ya ni siquiera lo puede ver claramente mientras está despierto. Pero ella le dijo, ella a él fijensé, que estaba loco y que abriera el cajón de su escritorio, el de ella. El doctor lo abrió y se encontró con un montón de papeles escritos por la Halabi: era la traducción que ella había soñado y que al despertarse había ido corriendo a anotar no sabía por qué si total estaba convencida que no era más que una pesadilla. Simónides no alcanzó a leer todo, una lástima. Se acordaba de algunas cosas nomás. Había por ejemplo la descripción de un círculo.
- ¿La descripción de qué? - saltó Flynn.
- De un círculo.
Flynn le quiso tomar el pelo:
- Figura geométrica formada por los puntos interiores de una circunferencia si no me equivoco.
- Lamento comunicarte que te equivocas. Te voy a decir lo que es un círculo según el protocolo de la sensatez de Anandaha-A.
Aquí interrumpieron todos porque nadie entendía eso del protocolo de la sensatez. Pero Trafalgar Medrano no sabía lo que quería decir. Simónides tampoco y en ese momento Veri Halabi tampoco. Estaba en los textos y eso era todo.
- Un círculo - dijo Trafalgar - se forma en el reino cuando el candil se apaga en el juego sensible.
- Momento, momento - dijo Flynn -. Si en un mundo oscuro como ése vos prendés una luz, en cierto, modo se forma un círculo, pero no se forma cuando apagás la luz, ¿estamos?
- ¿Me dejás terminar? Yo no te estoy explicando nada. Te cuento lo que decían los textos que leyó Simónides y que eran la traducción que hizo en sueños Veri Halabi en base a un alfabeto quíntuple que ella no conocía.
- Qué tío - dijo el Payo.
- Un círculo - empezó de nuevo Trafalgar - se forma en el reino cuando el candil se apaga en el juego sensible de cada recinto lejano. Como el cuarzo ignora el aullido del animal salvaje y si llueve sobre el páramo es improbable que las raíces lo sepan, todos los recintos vienen a tocarse por las aristas hasta que el conocimiento borra lo construido. Su medida depende no de las rocas sino del torrente.
- Y eso qué quiere decir - preguntó Cirito.
Flynn se sirvió más whisky.
- No sé - dijo Trafalgar -. Simónides tenía una teoría, él siempre tenía teorías para todo y creo que, a veces, no se equivocaba. Casi triunfante me dijo que Anandaha-A era un mundo de símbolos. Yo me permití sugerirle que todos los mundos funcionan a símbolos así como todos los triciclos funcionan a pedal pero él me dijo que hay mucha diferencia entre de símbolos y a símbolos. Me parece que tiene razón. Y decía que apagar el candil es dejar la mente en blanco, no pensar en nada, y que eso es algo que se dice muy fácilmente pero que es difícil de hacer como que es nada menos que eliminar lo consciente y dejar paso a lo inconsciente, qué tal. Que el reino es la calidad, la esencia de ser hombre, y el juego sensible es la conciencia y cada recinto lejano es cada individuo. Cuando el candil está prendido los recintos están lejos unos de otros, cada uno está solo. Lo del cuarzo y el animal salvaje y la lluvia y el páramo y las raíces significa, según Simónides, que aunque el universo funciona aparentemente dividido en partes infinitas o no tan infinitas según se mire, es todo único y uno, indivisible y el mismo en todos sus puntos. ¿Entienden?
- No.
- Yo tampoco. Sigo. Entonces, como el universo es uno y único en todos sus puntos si cada individuo deja en suspenso la conciencia y apaga el candil, todos se encuentran, no están solos, se unen y lo saben todo sin necesidad y a pesar de las grandes creaciones intelectuales. Y el saber es tanto más profundo cuanto más total sea el esfuerzo de cada individuo y no cuantos más individuos haya. Eso vendría a ser lo de la medida.
- Ingenioso - dijo Flynn.
- Mierda - dijo el Payo -, no entiendo un pito.
Cirito no dijo nada.
- Y así por el estilo - siguió Trafalgar -. Había un texto sobre cómo proyectar estatuas pero Simónides no sabía si era proyectar en el sentido de dibujo previo a la tarea de esculpir o proyectar a través del espacio. También un diálogo entre Dios y el hombre en el cual por supuesto el único que hablaba era el hombre. Una lista de las voluntades nocivas: no me pregunten, Simónides tampoco sabía lo que era y si tenía una teoría se olvidó de contármela. Teoremas, un montón de teoremas. Un diario de viaje. Un método para doblar pero no sé doblar qué. Y pilas de cosas más. Pero todo eso se perdió. Simónides anotó lo poco que recordaba y por ahí debo tener una copia que me regaló. Por que mientras él leía a Veri Halabi le dio el gran ataque, se levantó y empezó a romper papeles y hasta le quitó a Simónides los que él tenía en la mano y los hizo trizas.
- Qué loca - dijo el Payo.
- Ajá - dijo Trafalgar -, eso es lo que uno piensa cada vez que alguien hace algo que uno no entiende. Pero esperate un poco y decime después si estaba loca. El doctorcito largó todo y se ocupó de ella y le dio algo para dormir. Me comentó que no había habido tal ataque, que simple y desdichadamente en ese momento el juego sensible había terminado de invadirla y ella había abandonado el reino. Preferí no pedir explicaciones pero le pregunté si no era posible reconstruir los textos y me dijo que no, que eran papel picado y que de todos modos no eran textos que corrieran el peligro de perderse. También le pregunté si él creía que eran la traducción correcta de los libros de metal y me miró como si yo le hubiera preguntado si él creía que dos más dos son cuatro y me dijo que claro que sí. Y que les cuento que al día siguiente la Halabi se levanta fresca como una lechuga y se dedica a seguir trabajando en la traducción.
- ¡Pero cómo! - dijo el Payo -. ¿No la había hecho ya y la había roto? ¿Otra vez la hacía?
- No. Era la misma vez. Ella no quería creer que lo que había roto fuera la traducción, y despierta, trabajaba haciendo funcionar la lógica, el razonamiento, la información, es decir fuera del reino, en el juego sensible, sin saber ya y sin tratar de formar un círculo. Entonces la vida sigue como siempre y aquí no ha pasado nada y durante dos días no hay bailes. Al tercero a Romeo Fineschi Montesco se le ocurre proponernos a todos que demos un paseo. Un paseo en ese mundo de porquería, imaginensé. Pero claro que si va y la invita a Julieta
Halabi Capuleto sola, se queda de araca porque ella le dice que no. Fuimos. Dalmas, Lundgren, Marina, Simónides, yo, Fineschi, la Halabi, otros dos ingenieros y hasta el sociólogo. Muy divertido no fue porque ya les dije que las atracciones naturales de Anandaha-A son lamentables. Hablábamos pavadas y Simónides describía monumentos y parques imaginarios con voz de guía de turismo hasta que se cansó porque mucho apunte no le llevábamos. El único que la pasaba posta era Fineschi que charlaba hasta por los codos con la Halabi supongo que de temas tan románticos como el grado de saturación salina del agua del Danubio inferior. íbamos volviendo cuando empezó la música y Veri Halabi gritó. Fue un grito como para poner los pelos de punta, de bestia acorralada como dicen los escritores de ciencia ficción.
- Y otros que no escriben ciencia ficción - acotó Flynn.
- No lo dudo. Yo aparte de ciencia ficción y policiales no leo más que Balzac, Cervantes y el Corto Maltés.
- Muy lejos vas a llegar con esa mescolanza absurda.
- ¿Dónde absurda, dónde? Son de los pocos que tienen todo lo que se le puede pedir a la literatura: belleza, realismo, diversión, qué más querés.
- Acabenlá, ché - dijo el Payo -. ¿Por qué gritó la mina?
- Se grita por dolor o miedo o sorpresa - dijo Flynn -. Con menos frecuencia por alegría. Aunque creo que no era éste el caso.
- No era. Gritó. Un grito largo que parecía que le venía de los talones y que le raspaba la garganta. Se quedó un momentito parada ahí como una estaca con la mandíbula que le llegaba a las rodillas y los ojos como el dos de oros y después salió corriendo para el lado del campamento. La música sonaba muy aguda, urgente, pero nosotros en vez de ir a ver la seguimos, Fineschi al trote y los demás caminando apurados. Simónides fue a verla y la encontró sentada en la cama como idiotizada. Esta vez no se había encerrado ni se tapaba los oídos. El doctorcito lo echó a patadas a Fineschi, que no hacía más que joder tratando de hablar con ella, la miró un rato, le tomó el pulso, hizo esas cosas que hacen los matasanos y la dejó sola. Ella, como si nada. Todos estábamos un poco apabullados y la música seguía y algunos se fueron a ver. Los otros nos quedamos y comimos. Fineschi se paseaba y fumaba una pipa que se apagaba cada dos por tres. Los demás volvieron, comieron y todos nos sentamos en una especie de sobremesa tétrica.
De vez en cuando Simónides iba a verla y al volver no decía nada. En eso, cuando estábamos por ir a acostarnos, apareció ella en la puerta. La música seguía y la chica se puso a hablar. La macana fue que no entendimos nada. Hablaba y hablaba en un idioma desconocido en el que había muchas más vocales que las que parece que tiene que haber. La escuchábamos sin movemos y cuando Fineschi quiso acercársela, el doctorcito no lo dejó, habló durante toda la noche.
- No puede ser - dijo Flynn.
- Vos qué sabés. Habló durante toda la noche y nosotros la escuchamos durante toda la noche. Fineschi lloraba de a ratos. Marina Solim estaba sentada al lado mío y me agarraba del brazo y no me soltó hasta que no se le acalambró la mano. Cuando amaneció, que eso sí es una figura literaria como para meterla en este cuarto porque ahí no amanece, se levanta el solcito violeta y está menos oscuro y eso es todo, cuando amaneció la música seguía sonando y ella seguía hablando. Y de repente dejó de hablar pero la música no paró. Yo estaba entumecido y hasta tenía frío y seguro que los demás también, pero cuando Veri Halabi salió nos levantamos y nos fuimos detrás de ella. Caminaba como si tuviera que ir a depositar guita al banco y fueran las cuatro menos un minuto y nosotros atrás, para donde estaba la música. Allá al pie de una de las colinas cavadas, junto al río negruzco, los tipos de Anandaha-A bailaban con tantas ganas que parecía que acababan de empezar. Y Veri Halabi corrió y se metió entre ellos y bailó y mientras bailaba se arrancaba la ropa y sacudía la cabeza hasta que el pelo negro le tapó la cara como a todos y ya no la podíamos distinguir. Pasó una hora más y locos de sueño y de cansancio y con la sensación de que había pasado algo más inevitable que la muerte, retrocedimos hasta el campamento. Simónides y Dalmas tuvieron que arrastrar lo a Fineschi que no quería irse. Nos acostamos y nos dormimos todos, Simónides el último porque anduvo repartiendo pastillas y te dio una inyección al Montesco. Yo dormí diez horas y fui uno de los primeros en despertarme. Marina Solim se puso a hacer café y el sociólogo fumaba pero no escribía a máquina. Después apareció Simónides y de a poco todos los demás. Tomamos café y comimos sandwiches de salchichas. Y la música que había seguido sonando y no se por qué porque dormí como un tronco, yo sabía que había sonado todo el día, la música se apagó con la última miga de la comida. Fineschi anunció que iba a buscarla a la chica y allá fuimos de nuevo todos en procesión pero fue inútil.
- ¿No estaba? - preguntó el Payo.
- Sí que estaba. Al principio no la vimos. Los nativos se habían sentado o tirado por ahí como siempre mirando fijo a alguna parte. Era difícil distinguirla. Ahora estaba vestida con una funda abierta a los costados y sentada en el barro con las piernas cruzadas, entre dos mujeres y un hombre, tan parecida a ellos, con los ojos muy abiertos, sin pestañear, muda y más bella que antes porque se había vuelto bella como los señores de Anandaha-A, miraba frente a ella pero no nos veía. La llamamos y yo estuve seguro de que nos estábamos portando como unos estúpidos. No nos oía. Simónides agarró al sociólogo y a Lundgren y fue a buscarla. Yo lo sujeté a Fineschi. En cuanto le pusieron las manos encima empezó otra vez la música y todos se levantaron y bailaron, ella también, y bailando rechazaron a los tres hombres que salieron a reculones del torbellino y ya la perdimos de vista. En tres días hicimos cinco intentos más. No hubo caso. Finalmente fue Fineschi, y eso me sorprendió, el que dijo que teníamos que darnos por vencidos.
El Payo dijo no ves que estaba loca y Cirito dijo quién sabe y Trafalgar tomó más café.
- No estaba loca - dijo -. Había vuelto a su casa, al círculo. Vean, si lo pienso mucho no tengo más remedio que decir que sí, que se volvió loca. Pero si me acuerdo de ella bailando, diciéndonos bailando que la dejáramos en paz porque había dejado de buscar, de resistirse, de estudiar, pensar, escribir, razonar, acumular y hacer, reconozco con algo de satisfacción, una satisfacción triste porque yo no llevo el prodigio en mi sangre, que ella había atravesado el reino de punta a punta y nadaba fresca y linda en el torrente. Simónides lo explicó de otra manera y Marina Solim lo apoyó con datos muy concretos. Los tipos que bailaban eran de veras los descendientes de los que habían dejado las ruinas. Anandaha-A conoció quizás una estrella amarilla y caliente y un cielo limpio y una tierra fértil y allí se fabricaron cosas y se escribieron poemas mucho antes que nosotros nos diéramos el lujo del estegosaurio y el escafites. Tal vez tuvieron joyas, conciertos, tractores, guerras, universidades, caramelos, deportes y material plástico. Deben haber viajado a otros mundos. Y llegaron tan alto y tan hondo que cuando la estrella murió ya no les importaba nada. Después de visitar mundos muertos, vivos o por nacer, después de dejar su simiente en algunos de ellos, después de curiosearle todo y saberlo todo, no sólo dejaron de interesarse por la muerte de la estrella sino por el resto del universo y les bastó con la sensatez del círculo. No conservaron más que la música que bailaban y que era todo lo que Simónides había supuesto y mucho más. No sabemos qué más pero si alguien nos lo dijera no lo entenderíamos. Y Veri Halabi reconoció a los suyos pero la luz del juego sensible le impedía verlos y entrar en el reino donde hay posibilidad de apagar el candil, y tironeada entre la luz y la urgencia nostálgica de algunas de sus células que tenían el sello de los argonautas de Anandaha-A, los odiaba. Cuando la luz se apagó a fuerza de música y ella habló todas las palabras de su raza, las que había aprendido en sueños, ya no los odió ni los amó ni nada. Le bastó con volver.
Dice el Payo que se quedaron callados todos. Incluso Flynn que es discutidor y le gusta llevar la contra, no encontraba nada que decir. Cuando Cirito comentó que Fina había llamado por teléfono para avisarle que se quedaba en Salta una semana más y hablaron de otras cosas y tomaron más whisky y Trafalgar más café, Flynn admitió que Trafalgar podía tener razón, que el asunto, si se lo pensaba bien, parecía descabellado, pero que él tenía la impresión de que no era tan extraño. Cirito dijo:
- Me gustaría ir a Anandaha-A.
- Te lo regalo - dijo el Payo.
- ¿Era tan linda Veri Halabi? - preguntó Flynn.
- Ahora es más linda - dijo Trafalgar.
FIN
domingo, 25 de julio de 2010
Escribir con las manos vacías....

Nadie posee nada. Para poseer algo es preciso desnudarlo, apoderarse de su centro y tener un espacio donde protegerlo. Nadie puede, para poseer una rosa, desvestirla de sus pétalos y retener su fragancia. Las manos del hombre son siempre manos vacías. Tal vez nuestro ejercicio fundamental consista en aprender a amar y escribir con las manos vacías.
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